miércoles, 5 de abril de 2017

Insípida.



A nada sabe la tarde. A viento helado, quizás. Al ruido del televisor
A la mirada oblicua, al desencanto de tu abandono. Al intento de querer llamarte y decirte muchas cosas aunque me tiemble la voz. Pienso todas las tardes en irme, en lanzarme como piedra al río o al abismo o como quien lanza un pájaro con alas rotas  al viento. No pienso en la caída, no pienso en el triste recuerdo del llanto. Duele tu ausencia cada noche, cada día, cada segundo que transcurre. Duele.
Voy a enterrar lo que duele, lo que hiere, lo que no transpira. Moriré cada vez que sea necesario, mientras arrugo una página en blanco, mientras tirita la palabra, mientras voy quitando el vestido y cruzo las piernas y no fingiré que nada importa, que todo es absurdo.
Moriré mientras me consumo en una absurda soledad, blanquísima como la luz de una neblina.

Todo duele en este preciso momento y no estas, no estás, no estás para calmar mi dolor.

©Karen Valladares.

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