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viernes, 26 de agosto de 2011

Dialogo entre un descendiente de Noé y un pájaro


De: Susan Sontag


Cuéntame un cuento -dijo una de las descendientes de Noé-. Sí, cuéntame un cuento.
-¿De qué clase? Mmmm. Puedo contarte uno con final feliz.
-No seas condescendiente. Puedo tolerarlo. Sólo cuéntame un cuento.
-Entonces te contaré uno con final triste. Pero después de un rato ya no prestarás atención. Estarás inquieta, con la mirada distraída. Y te preguntaré lo que ocurre y me responderás que ya has oído ese cuento antes. Me dirás que no tenía por qué haber terminado tan mal.
-¿Sólo hay dos clases de cuentos? No es cierto.
-Ay, el cielo es amplio. Ay, el océano, profundo. Y todos los cuentos ya han sido contados, ay, ay, ay...
-¡Basta! Sólo quieres atemorizarme. Pero es inútil, no tiene remedio. Debo mantener el ánimo en alto. Sé que eres un pájaro agorero. Te gusta atemorizarme.
-¿Agorero yo? Te equivocas. Me encanta estar vivo. Precipitarme, lanzarme y posarme donde me apetece. Lo que ocurre es que si observo mi entorno no puedo sentir más que desánimo.
-Escucha, se supone que eres el portador de buenas nuevas.
-Sólo puedo relatar lo que veo.
-Pues vuela, entonces. Y no vuelvas hasta que puedas contar algo optimista.
-¿Ves? Te lo dije, no quieres oír malas noticias.
-Vaya, es que no quiero escuchar malas noticias siempre. No me lo reproches.
-Bien, lo intentaré de nuevo. No creas que me gustan las calamidades, claro que no. Así que quieta aquí y déjame echar otro vistazo.
-¡Espera!
-¿Qué?
-No te distraigas por ahí. Quiero decir, no hagas el tonto. Es decir, sólo trae las noticias.
-Primero me riñes por agorero, y ahora me reprochas que lo pase bien. Pero no puedo evitarlo. El éxtasis es lo mío. Soy un artista, ya lo sabes.
-¿El éxtasis, dónde?
-Por doquier.
-Vaya suerte.
-Qué, ¿nunca lo has sentido?
-Claro, pero...
-Sí, ya sé. Pero entonces algo te desanima. Cargas con todas estas posesiones que tanto te importan y tienes que guardar y remplazar, y todos tus ambiciosos proyectos y tu crasa parentela, y...
-No hables de mis parientes, ¿te queda claro? Se esfuerzan mucho.
-Todos os esforzáis. Sobre todo en ignorar las malas noticias hasta que vienen a posarse en tu regazo.
-Y ¿por qué no habríamos de albergar esperanzas? Considera a cuánto hemos logrado sobreponernos. Y aquí estamos, todavía. Perduraremos. Lo sé.
-Eso espero. Ojalá estés en lo cierto. En todo caso, yo me voy.
-Pero, ¿volverás?
-Sin duda.
-¿Me lo prometes?
-Desde luego que volveré.
***
-Vaya, ¡te has retrasado!
-Lo siento. Me lo estaba pasando bien.
-¿Y qué más?
-Estaba buscando buenas noticias.
-¿Y?
-Pues bien, siempre hay alguna buena noticia, si eso es lo que quieres saber. Te ruego que no creas que disfruto con tu preocupación.
-Vamos, preocúpame.
-Nada parece estar marchando muy bien allá. Vi cosas muy perturbadoras.
-Estoy segura de que te desviaste para encontrarlas.
-No hizo falta ir muy lejos.
-Quizás no te parezcan bien a ti. Quizás mi punto de vista es distinto.
-Muy bien, prueba tú. Traigo algunas fotos.
-Vaya, fotos. ¡Qué bien!
-Míralas.
-¡Dios mío, es la luna! Las aguas retrocedieron y recalamos en la luna. Alabado sea el Señor.
-No, es el desierto.
-Ah. Mira, éstas son magníficas.
-Gracias.
-Me parece muy hermoso. Estos dorados, rosados y castaños. Y el cielo. Y la luz. No veo que haya nada malo.
-Bien, no se trata sólo de mirar. Tienes que saber lo que ha estado sucediendo. Hay un cuento que acompaña las fotos. Cuando conoces el cuento, las fotos cobran otro sentido.
-Ya sé, ahora me vas a venir con lo de la maldad humana. Ya me sé la historia. Por eso hubo un diluvio.
-No, no quiero contarte algo tan general. Más bien quiero hablar de la pasividad. Y del poder. Quizás adviertas que no hay gente en las fotos. Pues esto es lo que ha hecho la gente.
-De igual modo, me parece hermoso. ¿No puedes ver el friso sutil de las ruinas a lo lejos, casi del mismo color de la arena?
-A veces, cuando las cosas son destruidas, parecen hermosas.
-¿Más hermosas?
-A veces.
-¿Y cómo lo sabes?
-Debes aprender a interpretar las señales.
-No, puro graznido.
-Graznido humano, te lo aseguro.
-¿Hay mucha gente que conoce esta historia?
-Sí. Mucha. La cuestión no está en saber sino en preocuparse.
-Pero debes aceptar que preocupaciones sobran. No puedes preocuparte por todo.
-Creo que esto debería preocuparte.
-Pero el mundo es un lugar muy amplio, ¿no es así? Quiero decir, hay mucho espacio. ¿Realmente importa lo que sucede en unos cuantos lugares? ¿Si unos lugares se estropean, arruinan o profanan? Siempre hay espacio para continuar. ¿Si se le prende fuego a unas bibliotecas llenas de libros y manuscritos viejos, si se saquean unos cuantos museos? Al mundo le sobran más cosas viejas, si eso es lo que te gusta ver.
-Debes de ser de Estados Unidos.
-¿Cómo?
-No importa.
-Creo que le contaré esta historia a unas cuantas personas. ¿Les puedo mostrar las fotos?
-¿Por qué no?
-No vueles ahora. Quédate en tu percha. ¡Volveré antes de que me eches de menos!
***
-¿Me echaste de menos?
-¿Qué dijeron los demás?
-Dijeron que las fotos eran hermosas.
-¿Es todo?
-Dijeron que también estaban inquietos.
-¿Qué más?
-Dijeron que no había nada que hacer.
-¿Eso dijeron? ¿Todos?
-Bueno, no todos...
-Y...
-Dijeron que el mundo allí fuera es cruel.
-Yo diría que el mundo también es cruel aquí dentro. En tu, ¿cómo le has llamado?, arca.
-Nos las arreglamos.
-Ya veo.
-¡De verdad! Sólo tenemos que, mira, reducir nuestras expectativas.
-A medida que todo empeora.
-Exacto.
-¿Y ahora quién es el pesimista?
-No es pesimismo. Es realismo.
-Sí, claro.
-Y también me advirtieron de que me tomara con un grano de sal lo que decías. Dijeron que eras un artista.
-Yo ya te dije eso.
-Creí que tu labor era traer noticias.
-Los artistas también hacen eso.
-Sí, malas noticias.
-No siempre, te lo aseguro.
-Dijeron que a los artistas les gusta centrarse en los desastres. Que se deleitan en las malas noticias. Y que son moralistas ingenuos que no comprenden las leyes de hierro de la historia. Y (no te rías) del progreso.
-¿Cómo cuáles?
-Bien. El porqué tienen que hacer eso. La gente que todo lo domina. Por qué tienen que destruir el desierto. Y, a veces, las ciudades y los pueblos. Lo que me mostraste en las fotos.
-¿Por qué, entonces? Dímelo tú.
-Porque tenemos enemigos. Enemigos malévolos. Hemos de estar preparados. Tenemos que defendernos. Tenemos que ir allá y detenerlos antes de que sean lo bastante fuertes para hacernos algo.
-¡Loro!
-Oye, no todos somos pájaros aquí.
-¿De verdad te crees lo que acabas de decir?
-Mira, estoy pensando en lo que me comentas. Es una pena, en verdad. Las marismas se convirtieron en desierto. El desierto profanado. Y lo que le sucedió a los animales. Y a la agente y a lo demás. Pero hay muchas otras consideraciones, políticas, económicas, científicas, que no comprenderías. Eres un vagabundo. Eres un artista.
-Es cierto. No tengo ataduras. Como un pájaro.
-Digamos.
-Veo que has conocido a muchos artistas.
-Si te he ofendido, lo lamento.
-¡Dios mío, dame fuerzas! ¡Estos ilusos tan...!
-A mí no me graznes. Yo no fui. Yo no devasté el desierto. No maté a los animales. Ni masacré a los conscriptos. No prendí fuego a la biblioteca ni saqueé el museo de antigüedades.
-¿Sabías que durante la primera guerra del Golfo se mostraban películas pornográficas a los pilotos justo antes de que los enviaran a sus misiones de bombardeo?
-Pilotos de Estados Unidos.
-Así es.
-Oye, ésa ha sido práctica en más guerras coloniales norteamericanas que las que puedo contar. Pero los estadounidenses no inventaron el vínculo entre la testosterona y el placer de dar muerte, sobre todo de dar muerte desde lo alto de los cielos a gente indefensa en tierra, del mismo modo que es el único país que envenena su propio territorio.
-¿Qué quieres decir?
-Que todos hacen lo mismo en cuanto se les presenta la oportunidad. Así pues, ¿por qué te metes con Estados Unidos?
-Supongo que porque soy un artista estadounidense.
-¿Estás poniéndote sarcástico?
-¿Yo?
-Sí, tú.
-Hasta pronto, yo me largo al desierto de la alegría.
-Sabes, antes de que te marches, debes reconocer que la naturaleza es violencia.
-Y la naturaleza humana.
-Sí. Aunque no todos se comportan tan mal como la gente puede llegar a comportarse.
-Como si fuera perenne. Eso está sucediendo ahora mismo.
-Pues yo no soy una de las perpetradoras. La gente que de hecho hace esto ni siquiera hablaría con una criatura como tú. La gente que hace esto sólo alzaría una arma y te borraría de los cielos.
Se escucha un aletear de alas.
-¡Oye! ¡No te vayas! ¡No soy una de los dirigentes del planeta! ¡Soy una pobre criatura como tú! No te... vayas.
*
Aquí estoy de vuelta.
Silencio.
-¿Hola?
-Creí que no ibas a volver.
-Ay, soy un pájaro persistente.
-¡Sin duda alguna! Pero, en serio, te admiro porque no te has dado por vencido.
-Pensé que si seguía cantando, lo comprendería finalmente.
-Pues sí, la tenacidad es una de las virtudes. Y las fotos son inolvidables. He de reconocerlo. Tus paisajes de catástrofe.
-Pero te gustaría olvidar lo que te he mostrado, ¿no es así?
-Claro que sí. ¿Quién quiere sentirse más desamparado?
-Pero no lo olvidarás.
-Aunque me quedara ciega no podría olvidar esas fotos.
-Es curioso que menciones la ceguera. Pues ése era el tema de la homilía que tenía intención de pronunciar. ¿Lista para la homilía?
-Dispara.
-Dios mío.
-Vamos, es una broma.
-No hay bromas.
-Tienes que tener sentido del humor. Para sobrevivir.
Silencio.
-Vale, pues.
Silencio.
-En serio, estoy escuchando.
-Mi homilía. Acaso lo sepas o no, pero hay dos clases de ceguera. La retiniana, que causa deterioro ocular, y la cortical, que resulta de una lesión en el cerebro y deja los ojos intactos.
-Qué interesante.
-El punto es que la gente con ceguera cortical ve, en algún sentido, es decir, recibe impresiones visuales en la conciencia. Pero se considera ciega porque esas impresiones no pasan a la plaza más pequeña de la conciencia. Esto ha sido demostrado en un experimento reciente.
-Me gustan los experimentos.
-Sí, ya lo sé. Bien, en todo caso, imagina una persona con ceguera cortical en un lado, por ejemplo, digamos, el derecho. La sientas a la mesa. Giras su cabeza a la izquierda. Colocas unos objetos, digamos, una taza de café y un candelabro, en la mesa, a la derecha. Si preguntas. ‘‘¿Qué ves en el lado derecho de la mesa?" La respuesta es: ‘‘Nada. Ya sabes que estoy ciego de ese lado". Pero si replicas: ‘‘Sí, es cierto, no puedes ver de ese lado, estás ciego. Pero supongamos que pudieras ver, imagina que puedes ver. ¿Dónde crees que están los objetos en la mesa?" Y entonces, oh milagro, apenas dudándolo, la persona ciega extiende el brazo, abre la mano un poco en busca del candelabro, y la abre más para la taza.
-¡Vaya! ¿En verdad?
-Sí. Pero ésta es una historia. Me pediste un cuento. Esta es una parábola.
-¿Y cuyo sentido es...?
-Que lo mismo sucede con nuestras acciones. De igual modo que sabemos mucho más de lo que nos damos cuenta, podemos hacer mucho más de lo que nos creemos capaces. Formula la pregunta directamente: ¿Qué podemos hacer para evitar la destrucción del planeta y la creciente ola de violencia humana? La respuesta tiene que ser: Nada. ¿Los seres humanos contra los animales, los hombres contra las mujeres, la historia contra la naturaleza? Nada. Pero qué sucede si decimos: De acuerdo, no puede evitarse. Sin embargo, si imaginamos, sólo como hipótesis, aunque desde luego es imposible...
-Ya veo -dijo la descendiente de Noé.
-Sí -respondió el pájaro-. Otro marco para la voluntad. Porque está tan claro como el día y la noche: los bosques están siendo arrasados; las aguas, envenenadas; el aire se está oscureciendo y volviendo tóxico. Y los gobiernos presuntuosos continúan proyectando su poder con éxito: para conmocionar y asombrar, masacrar, explotar y despojar. Es cierto, no se puede salvar al mundo. Pero, ¿si actuamos de todos modos como si pudiera salvarse? Pues entonces...
-Ya veo -repitió la descendiente de Noé.
-Sí -dijo el pájaro agorero, algo más animado-. Casi es posible que se pueda salvar el mundo.
Texto de la escritora y activista estadounidense incluido en el primer número de la revista Granta en español, que se reproduce con autorización de sus editores

Traducción: Aurelio Major

miércoles, 27 de enero de 2010

Un cuento de Sergio Galarza

Hace un par de días un amigo me recomendó leer está página(www.piedepagina.com) en la que aparecen notas interesantes, notas desde luego acerca de literatura, aquí pués encontramos una antología de narrativa, con escritores nuevos, la obra se llama: El futuro no es nuestro
Narradores de Latinoamérica, nacidos entre 1970-1980
Prólogo y edición por Diego Trelles PazTexto introductorio de Naief Yehya(www.piedepágina.com) es fácil de usar, y leer, proximamente pondré, algunos cuentos cortos de los autores que salen en la misma. Hoy colgare un cuento que leí ayer que se llama la ,modelo rusa, valga el tema trata sobre una historia donde un tipo se enamora ferozmente de la modelo, pero ella no hace diferencia alguna, a pesar que casí siempre aceptaba sus invitaciones... aunque el tipo era un inexperto en conquistar mujer y donde todas sus "conquistas han sido practicamente un fracaso" aquí les dejo el cuento espero lo disfruten.
es larguito pero vale la pena.


LA MODELO RUSA
POR SERGIO GALARZA
BIBLIOGRAFIA


Sergio Galarza
(Lima, 1976)Estudió Derecho y tiene cuatro libros de cuentos publicados y un reportaje titulado Los Rolling Stones en Perú. Vive en Madrid y escribe un libro de fútbol.



A sus diecinueve años Francesca era una joven con los galones de una modelo abandonada en las fauces de una fantasía que, al derretirse como el plástico, apestaba a mierda. Sus padres la habían enviado a estudiar a un país donde sus compatriotas y, quizás alguna conocida, cargaban con la fama de prostitutas desde que triunfara la Perestroika. Al menos desde aquella época, Otto recordaba que las rusas pertenecían al universo de las mujeres sin inconvenientes a la hora de tirar. Nunca faltaba un conocido que le aseguraba haber tenido la mejor sesión maratónica de sexo con una ex-soviética, uno de los mitos sexuales que las parodias de la Guerra Fría y sus chicas anoréxicas florecidas en años recientes habían consolidado en sus aspiraciones desde tiempos adolescentes. Por ello, Francesca se convirtió en la compañera de piso que necesitaba aquella temporada. El verano se extinguía y se venían los días difíciles del frío, cuando apenas le daban ganas de bajar por una barra de pan en la panadería bajo su piso.
Francesca acababa de dejar una habitación en otro barrio porque se llevaba pésimo con una norteamericana. El primer día que llegó al piso de Otto, le contó que cuando cruzaba miradas con la norteamericana era como si fuera a desatarse una nueva guerra mundial, y soltó una risa falsa. Su peinado era como el telón abierto de un teatro donde se representaba un intento de aliento para una mirada que se apagaba. Sus huesos asomaban bajo el cuello y vestía ropa diminuta si salía a la calle, pero se escondía bajo jerseys varias tallas más grandes que la suya cuando se quedaba en casa a mirar televisión.
Otto cursaba el segundo año de un doctorado que no sabía si iría a servirle en algún momento de su vida. La empresa de su padre acababa de ganar una licencia para construir una carretera que se presentaba como un desafío en su país. Si todo iba bien, la construcción de la carretera sería el mejor negocio desde que su padre fundara la empresa. Otto no tendría que preocuparse por conseguir un empleo. Ni siquiera sus futuros hijos se verían en apuros si eran capaces de llevar una vida ordenada, o menos estridente que los caprichos de Otto en Madrid.
Apenas se instaló en el piso que además habitaba una francesa invisible, Francesca hizo evidente su rutina. Se despertaba tarde la mayor parte de la semana, se bañaba y salía a pasear. Regresaba con una bolsa de comida para calentar en el microondas, también con unos litros de gaseosa y dulces. Entonces se sentaba a mirar la televisión y comía compulsivamente, como una máquina que necesitara estar enchufada a una manguera de combustible para vivir. Luego se volvía a bañar, siempre después de comer. Los días que la pereza apabullaba a Otto, su única distracción se convertía en calcular la velocidad de Francesca para tragar.
Francesca llevaba tres años en Madrid. Había dejado su pueblo siendo una adolescente bajo el influjo de una modelo también rusa, famosa por sus depresiones anoréxicas. Lo había leído todo sobre aquella joven que compadecía por los escándalos que la acosaban como papparazis, pero al mismo tiempo la admiraba en las revistas de modas que compraba cada semana. Otto preparó una noche una comida típica de su país para Francesca, compró vino, gaseosas y una torta de chocolate. Para crear el ambiente adecuado puso el disco de Micah Denver, un crooner de Europa del Este que murió de un disparo en la cabeza en un supermercado de Norteamérica.
Al cabo de una hora Francesca había repetido el plato de entrada y el segundo, había tomado dos litros de gaseosa y saboreaba la primera mitad de la torta. Su copa de vino era lo único que permanecía intacto. Otto la miraba comer, levantaba su copa hacia ella invitándola a beber, recibiendo a cambio una sonrisa, y maldecía su falta de tino para seducir a las mujeres. Si fallaba esta vez, ya serían tres las chicas que pasaban de él desde que rompiera con su novia. La primera se había metido a su cama con la ropa puesta y sólo permitió que le tocara los senos. La segunda le dijo que le recordaba a su hermano menor y eso fue todo.
Cuando Francesca ya no pudo comer más torta, Otto empezó a lavar los platos.
-¿Tienes un cigarro?
-Sí, y el mechero está allí.
-A veces no sé por qué fumo, mi padre lo hacía siempre después de comer, pero yo sospecho que lo hago porque todas las modelos fuman.
La pequeña cocina se llenó de humo. Otto sabía que el plan había fracasado.
-¿No te gusta el vino?
-Es que el alcohol me cae mal, me gusta pero me cae mal, empiezo a hacer tonterías.
Otto terminó de lavar y se encerró en su cuarto.
***
Hacía un mes, desde antes que llegara al piso de Otto, que Francesa no conseguía ningún trabajo. Su tragedia eran los tres centímetros que le faltaban para alcanzar la estatura de una modelo de pasarela. Por ello las agencias seguían ofreciéndole sesiones para principiantes, trabajos mal pagados si es que eran pagados, y donde había que pelearse con estilistas que siempre querían experimentar con su cabello. Si la llamaban como anfitriona para un evento les decía que ya no hacía esos trabajos, harta de que los hombres se le acercaran como si fuera un maniquí que podían llevarse a la cama. De haber crecido tres centímetros más, Francesca estaba segura que no habría tenido que soportar a aquellos sujetos, ni siquiera por ser rusa.
Francesca se preguntaba todas las noches si su modelo favorita habría tenido una mala racha alguna vez. La biografía que había leído de ella distaba mucho de la suya. Un cazador de talentos la había descubierto a los quince años en un museo de Madrid y a partir de entonces los flashes de los fotógrafos iluminaban su vida. Siguiendo sus pasos, Francesca había convencido a sus padres para que la matricularan en una universidad en Madrid. Ellos confiaban en que su hija única se convertiría en una administradora de negocios, o se casaría con un millonario.
Sus primeras semanas en Madrid, Francesa las dedicó a visitar todos los museos. Fingía pasear distraída, contemplando a veces por horas un mismo cuadro. Al final sólo consiguió que unos cuantos viejos la invitaran a salir y que un vigilante la acosara hasta la puerta de salida. Pronto descubrió que las rusas sólo podían ser dos cosas en el mundo: deportistas o putas. Cuando alguien le preguntaba qué hacía en Madrid y ella respondía “estudio”, la miraban como si estuvieran cansados de las mentiras torpes.
La primera vez que fue a una cita en una agencia de modelos, se sorprendió de que no hubiera nadie en la oficina. El conserje la había hecho pasar y allí estaba ella, con dieciséis años, unas botas que le cubrían las rodillas y un vestido que exageraba sus atributos. Un hombre que podía ser su padre entró por una puerta que parecía un espejo y la llevó a un despacho con sillones de cuero. Le explicó que ya había coordinado para que a la mañana siguiente le hicieran unas fotos, y que así podrían buscarle trabajos para revistas y campañas publicitarias. Pero antes, ella debía acostarse con él. Al comienzo Francesa no entendió la proposición. Sólo cuando el hombre la tomó por la cintura, supo que debía huir.
Cuando Francesca recordaba aquel mal rato y miraba en su álbum los volantes publicitarios de pisos para inmigrantes, comida, rebajas de ropa y cosméticos, para los que había modelado, pensaba que si ese hombre no hubiera sido tan viejo entonces habría podido acostarse con él.
***
Conforme pasaron las semanas el frío comenzó a arreciar. Un amigo le ofreció a Otto presentarle a una alemana que vivía en su piso, bajo la condición de que él le presentara a su compañera rusa. Así acordaron preparar una cena de parejas en el piso de Otto. El amigo llevó a la alemana, unos vinos y unos pasteles. En la cena, lejos de cohibirse por la presencia de extraños, Francesca arrasó con la comida y hasta tomó una copa de vino para sorpresa de Otto. Luego se encerró en el baño.
-¿Está bañándose? -preguntó el amigo de Otto al escuchar que caía agua de la ducha.
-Supongo. Es una maniática, siempre se baña después de comer -comentó Otto, mientras le servía más vino a la alemana que parecía un tanque de la segunda guerra mundial.
Al rato escucharon la bulla de una secadora de pelo y Francesca apareció vestida para dormir. Otto y la alemana se despidieron y dejaron que su amigo se las arreglara.
***
-Me la tiré, Otto.
-No te creo, si yo vi que estaba por dormirse.
-Seguramente lo hizo para que no te sintieras mal porque no quiere tirar contigo.
-¡Y quién dice que me la quiero tirar!
-Tampoco te pongas así. Entiendo que te molestes, sobre todo teniendo semejante lomo en casa, pero…
-¡No te creo nada!
-Allá tú si no quieres creerme. Lo único que te digo es que no sabes lo que te pierdes.
***
Otto evitó a Francesca durante los días siguientes. Retomó las clases en la universidad y se acostó con una compañera del doctorado, una española cuya voz le recordaba al panadero que atendía bajo su piso. El rencor que acumulaba contra Francesca lo usaba para acusarla de puta mientras divagaba en clase. Si Francesca estudiaba, ¿por qué nunca la había escuchado hablar de su carrera? ¿Por qué nunca la veía salir de casa con libros? ¿Por qué se pasaba todo el maldito día tragando como una cerda y no engordaba? ¿Por qué nunca la veía salir de noche? ¿Acaso tenía miedo de encontrarse con uno de sus clientes? Puta. ¿Modelo? Ni cagando. Además las putas no tienen amigos y que él supiera, Francesca no conocía a nadie en Madrid y nunca había tenido novio.
Una noche Otto llegó a casa después de beber con sus compañeros del doctorado. Francesca y la francesa invisible, de quien Otto ya ni se acordaba, miraban la televisión. Estaban hipnotizadas por un documental sobre el mundo de las modelos. Un médico explicaba las causas de la anorexia y la bulimia, enfermedades que eran sinónimos del glamour de la moda. El documental mostraba cuerpos raquíticos, chicas con la dentadura de un bebé y con caída de cabello. La francesa invisible cerraba los ojos a cada rato y Francesca no se perdía el menor detalle mientras vaciaba una caja de galletas.
Ese fin de semana Francesca le pidió a Otto que la acompañara de compras. Parecía que, por fin, una agencia la contrataría para una campaña importante de una conocida marca de ropa. Francesca estaba alegre, pero Otto le dijo que ya tenía planes. El sábado por la tarde Francesca visitó una tienda donde había visto unos zapatos dorados. Se los probó y no le gustaron. Buscó otra cosa que pudiera comprar. Nada le llamó la atención. Estaba por retirarse cuando el guardia de seguridad la tomó del brazo y le pidió que la acompañara a los probadores.
-Qué pasa.
-Acompáñame y no digas nada, que hace rato te estoy siguiendo.
-De qué habla.
-Cállate y no me jodas.
Francesca golpeó con su bolso al guardia y comenzó a gritar. Las dependientas y los clientes no atinaban a intervenir en el forcejeo, hasta que una cajera los separó y arrojó el bolso de Francesca a la calle.
Por la noche Otto se sorprendió de que Francesca no comiera siquiera un dulce mirando la televisión. Se sentó frente a ella con una lata de cerveza y guardó silencio.
-¿Me puedes invitar una? -le pidió al rato Francesca, señalando su lata.
-Coge las que quieras, están en la nevera.
Las cervezas duraron un programa de concursos, una película cómica y un documental sobre la inmigración subsahariana.
-En mi cuarto tengo una botella de vino si quieres -sugirió Francesca.
Abrieron la botella sobre la cama de Francesca y pusieron música. El cuarto tenía sólo una ventana que daba hacia el interior del edificio, a diferencia de la habitación de Otto, que contaba con un balcón. Francesca comenzó a recordar historias de su pueblo en Rusia, escenas de una infancia donde las pasarelas eran campos extensos que vestían las montañas. Otto aprovechó para abrazarla. Francesca lloraba y Otto le acariciaba el rostro, el cuello, los hombros, los senos. De pronto ella lo besó y le dijo no, no quiero, perdona.
Otto trató de insistir pero Francesca había corrido al baño. Las paredes del cuarto estaban decoradas con fotografías de modelos famosas. Había unos cuantos peluches en un estante, mucha ropa desperdigada por el suelo y envolturas de golosinas. El álbum con los avisos publicitarios de Francesca descansaba sobre el velador. Mientras lo revisaba, Otto comprendió que aquella joven rusa de piel blanca y sueños vanos, jamás alcanzaría la gloria que perseguía desde la adolescencia. A sus diecinueve años, Francesca era como esos maniquíes que descansan sin brazos o piernas en el almacén de una gran tienda.
Al abandonar el cuarto de Francesca, Otto se dirigió hacia el baño y pegó una oreja a la puerta. El agua caía de la ducha y una modelo rusa no paraba de llorar.
***
Francesca regresó a su país al mes siguiente. Su cuarto lo ocupó una mexicana que se iba de fiesta todas las noches.
La empresa del padre de Otto se vio envuelta en una denuncia por corrupción de funcionarios, y le retiraron la licencia para la construcción de la carretera que aseguraría el bienestar de sus tres generaciones siguientes.
Si algo había aprendido Otto, eso era que las modelos mueren jóvenes para la vida laboral. Él, en cambio, terminaría el doctorado y podría buscarse un futuro. Pensaba en ello cuando estaba a punto de sumergirse en una estación de metro, y vio la portada de una revista para jóvenes en un kiosco. La chica se parecía a Francesca. Llevaba un peinado distinto pero se parecía. La gente subía y bajaba las escaleras golpeándolo en los hombros. Entonces deseó con todas sus fuerzas que fuera ella. Sí, que fuera ella. Por favor, ella.

jueves, 14 de enero de 2010

Igor Marojevic

SALIR DE CASA

Salir de la ciudad está bien, pero antes hay que salir de casa. Primero, ventilar: ya se empieza a notar un olor masculino que lo domina todo. Apretujar dentro del armario papeles, celofán y el resto de basura seca. Cerrar los cajones, ordenar los periódicos en pequeñas pilas y distribuirlos por los rincones para que un observador casual pueda soportar el desorden. Luego, ir a la cocina y poner boca abajo todos los platos azulados por el moho. Pero los platos no se someten sin resistencia a mi pretensión de ocultar el fregadero sucio: se resbalan como peces. De momento, el armario se niega a cerrarse. Empujo la portezuela, pero topa contra un catálogo superfluo que cae sobre el parquet. Ni siquiera el cigarrillo se somete fácilmente a la mera voluntad de mis dedos índice y pulgar; prefiere seguir encendido mientras exhala un humo bifurcado. Es como si los objetos adoptaran una actitud egocéntrica. Como tanta gente hoy día, ellos también reclaman atención: tal vez, en realidad, el mundo se haya echado a perder por sus caprichos.
El próximo autobús emprenderá el viaje dentro de una hora. Todavía hay tiempo suficiente para confirmarle mi llegada a la persona que me espera. De paso, puede explicarme una vez más cómo llegar a su casa. Es mejor evitar ahora los posibles malentendidos que acabar perdiéndome y entrando en un sinfín de edificios sólo para estudiar las listas de inquilinos y empresas. Deambulando por los vestíbulos de una ciudad ajena. Toda ciudad es ajena, me digo, mientras aprieto con el índice los botones cuadrados del teléfono. Llame dentro de media hora, por favor , me sugiere una voz femenina. Fácil decirlo, pero, ¿cómo matar tanto tiempo? Para empezar, quizás podría informarme de lo que ocurre fuera. Enciendo la radio. Tardo menos de un minuto en estudiar el pronóstico meteorológico. Me asomo a la ventana. Enseguida me doy cuenta de que los rodillos que utilizan los trabajadores municipales para desinsectar los troncos se despellejan tras el primer uso. Aún tengo que acabar de ordenar las pequeñas pilas de periódicos, colocadas hace un rato en los rincones de la habitación. O mejor podría empezar por las revistas. Ésta pertenece a la estantería de semanarios y diarios valiosos, si es que los hay. Según el orden alfabético, aquí debería estar la revista Atlantis . Por primera vez en los últimos meses siento el impulso de comprobar que todavía esté ahí. De pronto, eso me parece muy importante. No me queda más remedio que volver a llamar por teléfono. Por el auricular, me llega un murmullo de fondo de voces femeninas, al otro lado de la línea. Mi ex esposa no puede ayudarme, absorta en su trabajo administrativo. Le parece muy extraño que me preocupe tanto por una revista. Es tedioso esperar a que hierva el agua. ¿Por qué no hojeo mientras tanto mi agenda telefónica, ese resumen de mi biografía , para pescar algún nombre ya olvidado? Digamos, bajo la V . Llamo a Valentín y me identifico tras el primer sorbo de café, como siempre, inesperadamente delicioso. Parece que él no recuerda quién soy, aunque fuimos juntos a la escuela primaria. Una semana antes del baile de fin de curso, salimos de la ciudad en bicicletas robadas y recorrimos los pueblos de la llanura. Ahora él dirige una distribuidora de tabaco. Según parece, le va bastante bien. Hoy no trabaja: hace unos días murió su madre. Mis condolencias , le digo, y en el mismo momento me arrepiento de haberlo llamado. Decido no ampliar el tema más allá de nuestro posible horizonte común. Recuerdo que una vez conseguí animar a la madre deprimida de un amigo, confesándole que cultivaba un cactus. De este modo, introduje un tema en el que nadie de la sala podía competir con ella. Parpadeando y dirigiéndome una mirada entre cariñosa y conspirativa, ella pronunció un discurso sobre el cultivo de flores y plantas. Era una mujer de condición humilde. Valentín parece una persona respetable; de las que no se tragan cualquier cosa. Se me ocurre que nos iría igual de bien con un tema menos apasionante: Esta tarde habrá chubascos, lo han dicho en las noticias. Y luego: Pronto estarás bien... Un día podríamos... Me avergüenzo y cuelgo el teléfono. Apago la radio y me bebo el penúltimo sorbo. Y eso no es todo: me estremezco. Si fingiera no sentir los cólicos agridulces en el vientre, igual podrían despertarse de pronto en el autobús, como ya ocurrió una vez hace diez años. Ahora estamos en primavera, entonces era otoño y yo iba a un concierto: tuve que bajar del autobús y recurrir al primer vestíbulo oscuro que encontré. Incluso calculé cómo explicar mi desnudez bajo los vaqueros a alguna chica, si hubiera surgido esa ocasión, pero aquella noche, entre miles de personas, no conocí a nadie. Puedo eliminar toda huella del váter con el chorro de la ducha: es la única ventaja de mi reducido cuarto de baño. Parece que anoche me acordé de encender el calentador del agua, así que podré ducharme. Me desnudo, abro los grifos, cambio la posición de la palanca y entonces la ducha y la manguera pegan un brinco. Agachado, dejo que el agua corra sobre mi cuerpo hasta que, poco a poco, se va enfriando. Otra vez abro la ducha para empujar los pelos hacia el desagüe. Seco la bañera con una toalla, que podría llegar a pudrirse si no se tiende enseguida. Me gustaría lavarla con el resto de la ropa sucia, pero ahora no tengo tiempo. Además, al centrifugar, la lavadora suele dar un salto de gatopardo enfurecido. Con el lado seco de la toalla, limpio de nuevo la bañera. Y el vapor del espejo. Y las baldosas manchadas por las huellas húmedas de los pies. Entre tanto, la toalla blanca se ha ensuciado visiblemente. Hay que frotarla con jabón: lavar la toalla. Limpiar el jabón. Lavarme las manos. Recoger la ropa. Dejar la bañera en paz. Salir del baño. Según el reloj, ya no me queda tiempo para llamar a mi posible anfitrión: el autobús sale en veinte minutos. Si estuviera vestido, a lo mejor llegaría a tiempo a la estación. Con una rápida ojeada hago un inventario mental y compruebo que todo está en su lugar. Todavía no he vaciado la taza de café. Después de lavar la cafetera y la taza, si no me estiro bien y luego me acurruco, me privaré del único ritual que nunca falla en tranquilizarme. ¿Sería impensable que me enterase por mi cuenta de cuándo sale el siguiente autobús? O tal vez tendría que describir cómo yo, un acurrucado ladrón de sueño, llama otra vez a la empleada de la estación, intentando averiguar cuál podría ser el momento oportuno para salir.
© De la traducción: Jelena Petrovic 2006.

Amor perfecto

A continuación un cuento corto del brasileño Daniel Galera contenido en su libro Dentes
Guardados.Amor Perfecto



Me desvirgó. Cogimos en mi cuarto en una noche calurosa que mis padres estaban en la finca. Una penetración indolora, lenta y placentera. El resto de la madrugada él acarició incansablemente mi cuerpo, adorando todo, mis pechos que yo temía por demás que fuesen pequeños, mi culo que yo encontraba fofo, mis pies con dedos torcidos. Yo tenía miedo de cómo los hombres juzgarían mi cuerpo, era mi única ansiedad y él la disipó rápidamente en nuestra primera noche en la cama. La primera vez que lo hicimos sin capote, extrañé el sentir aquella verga dentro de mí. Me senté sobre los talones para que todo se escurriese de una vez para fuera. Me sentí ridícula cuando él colocó un pedazo de papel en su mano y luego la puso en medio de mis piernas diciendo, Ey así vas a manchar tu edredón. Sus gestos me sorprendían, trayendo calma y comodidad, siempre yendo a favor de mis expectativas. Días después en un bar una chica llegó vendiendo rosas y por un instante temí que él fuese a darme una rosa, actitud que yo habría considerado estúpida, odio las flores y odio las pendejadas románticas. Él rechazó la rosa e inclusive dijo, espero que nunca quieras que te de rosas. No coincidíamos en todo, la verdad teníamos gustos bastante antagónicos para muchas cosas, películas y marcas de cerveza por ejemplo, mas él nunca se mostró preocupado por cambiar mis opiniones, aceptaba mi personalidad, mis errores y mis estados de ánimo con absoluta tolerancia. Cierta vez disipó la vergüenza que tuve por haber llorado frente a él con el acto de lamer mi rostro y tragarse mis lágrimas, mitigando mis momentos de angustia con largos abrazos silenciosos. Una noche que salí sola y lo traicioné por primera vez, me di cuenta que tenía una oportunidad para probar su tolerancia. Le conté todo y, para mi espanto, él apenas movió sus párpados lisos y me dijo que encontraba natural el deseo fuera de la relación, que estaba bajado pero que mi traición no disminuía su amor por mí. Insistí, describí en detalle al chico, los besos y caricias que nos dimos en la pista y esto, en lugar de alterarlo, lo excitó. Acabamos cogiendo y la verdad me gustó. Fue a partir de aquel día que su tolerancia se tornó irritante. Me convencí que debía provocarlo, necesitaba de un poco de odio, tumulto, nuestro amor era demasiado recto. Sólo que no funcionó: soportó mis encabronamientos escandalosos, mis eructos en público, respondió mis agresiones verbales con altura, accedió a todos mis comportamientos. Porque me amaba. Me trataba tan bien. Reaccionaba tan bien a mis expectativas, que su amor comenzó a darme tedio. Se tornó irritante de tan pleno, de tan incorregible. Ahí mismo decidí terminar, mandarlo a la mierda. Y claro, ¡hasta en eso él fue comprensivo! Yo estaba presta a encender el tercer cigarro cuando él reaccionó y fue a darme un abrazo. Respetó mis sentimientos, dijo entender que su amor incondicional me ofendiese. ¡Pero si no era para que lo entendiera! ¡No era para que lo aceptara, coño! , era para sentir odio, para que me odiase, ¡me le fui encima a aquel hijo de puta! Le lancé el teléfono, vasos, libros, sillas, todo sobre él y él los devolvió, me pegó con fuerza, me mandó a la mierda y a cada tentativa mía de aplastarlo él respondió. Lo escupí y él me escupió, le arañé la cara y él me pateó por todo el suelo de la sala, sentí dolor, berreé como una cerda y percibí horrorizada que hasta en aquel mismo momento, ¡por Dios!, estaba haciendo lo que yo esperaba de él; él me estaba dando lo que yo quería…


Traducido por Nelson Ordóñez

Mientras escribo

  Mientras escucho este playlist (194) Relaxing Soul Music ~ lets share music ~ Chill Soul Songs Playlist - YouTube Escribo sumergida en el ...