sábado, 25 de abril de 2015

Sauce ciego, mujer dormida de Haruki Murakami

Sinopsis
Sauce ciego, mujer dormida está compuesto por veinticuatro relatos en los que el aclamado escritor japonés Haruki Murakami mezcla con calculada ambigüedad el sueño y la vigilia, introduce elementos fantásticos y oníricos, se sirve de referentes como el jazz o permite que los cuervos hablen, pero, sobre todo, crea personajes inolvidables, enfrentados al dolor o al amor, o melancólicos, vulnerables y necesitados de afecto. Murakami en estado puro.


Prólogo:

 Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesoro. 
El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente. Desde el comienzo de mi carrera de escritor de obras de ficción en 1979 he alternado con bastante constancia entre escribir novelas y escribir cuentos. Mi pauta ha sido ésta: una vez termino una novela, siento el deseo de escribir algunos cuentos; una vez he hecho un grupo de cuentos, entonces me entran ganas de concentrarme en una novela.
 Nunca escribo cuentos mientras estoy escribiendo una novela, y nunca escribo una novela mientras estoy trabajando en unos cuentos. Bien puede ser que los dos tipos de género hagan funcionar partes distintas del cerebro y se necesite cierto tiempo para pasar de uno a otro. En 1973 empecé mi carrera literaria con dos novelas cortas, Oíd cantar el viento y Billar eléctrico; y fue después, de 1980 a 1981, cuando comencé a escribir cuentos. Los tres primeros fueron «Un barco lento a China», «La tía pobre» y «La tragedia de la mina de carbón de Nueva York». En aquel tiempo, poca idea tenía yo de cómo escribir cuentos, así que me resultó difícil, pero la verdad es que encontré la experiencia realmente memorable. Sentí que las posibilidades de mi mundo ficticio aumentaban en varios niveles. 
Y, al parecer, los lectores apreciaron esta otra vertiente mía como escritor. «Un barco lento a China» se incluyó en mi primera colección de cuentos, El elefante desaparece, y los otros dos se encuentran en la presente colección. Ése fue mi punto de partida como autor de cuentos y también el momento en el que creé mi sistema de alternar novelas y cuentos. «El espejo», «Un día perfecto para los canguros», «Somorgujo», «El año de los espaguetis» y «Conitos» formaron parte de una colección de «relatos breves» que escribí de 1981 a 1982. «Conitos», como pueden ver fácilmente los lectores, revela en forma de fábula mis impresiones del mundo literario cuando me publicaron por primera vez. En aquel momento no pude integrarme bien en el establishment literario japonés y esta situación persiste hoy día. Uno de los placeres de escribir cuentos es que no se tarda tanto tiempo en terminarlos. Generalmente me lleva alrededor de una semana dar a un cuento una forma presentable (aunque las correcciones pueden ser interminables). 
No es como la total entrega física y mental que se requiere durante el año o los dos años que tardas en redactar una novela. Entras en una habitación, terminas tu trabajo y sales. Eso es todo. Para mí, al menos, escribir una novela puede parecer una tarea que nunca acaba y a veces me pregunto si voy a salir vivo del empeño. Así que encuentro que escribir cuentos es un cambio de ritmo necesario. Otra cosa agradable de escribir cuentos es que puedes crear un argumento a partir de los detalles más nimios..., una idea que brota en tu mente, una palabra, una imagen, cualquier cosa. En la mayoría de los casos es como la improvisación en el jazz, y el argumento me lleva a donde a éste le plazca. Y otra cosa buena es que en el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien. Incluso en el caso de maestros del género como F. Scott Fitzgerald y Raymond Carver —hasta en el caso de Antón Chéjov— no todos los cuentos son obras maestras. Para mí esto es un gran consuelo. Puedes aprender de tus errores (dicho de otro modo, aquellos a los que no puedes llamar éxitos totales) y usarlos en el siguiente cuento que escribas. 
En mi caso, cuando escribo novelas me esfuerzo mucho por aprender de los éxitos y los fracasos que experimento cuando escribo cuentos. En ese sentido, para mí el cuento es una especie de laboratorio experimental como novelista. Es difícil hacer experimentos como a mí me gusta dentro del marco de una novela, de modo que sé que, sin cuentos, la tarea de escribir novelas resultaría aún más difícil y exigente. Me considero esencialmente novelista, pero muchas personas me dicen que prefieren mis cuentos a mis novelas. Eso no me preocupa y no intento convencerlas de lo contrario. De hecho, me gusta que me lo digan. Mis cuentos son como sombras delicadas que he puesto en el mundo, huellas borrosas que han dejado mis pies. Recuerdo con exactitud dónde puse cada uno de ellos y cómo me sentí en aquel momento. Los cuentos son como postes que indican el camino para llegar a mi corazón, y me siento feliz, como escritor, de poder compartir estos sentimientos íntimos con mis lectores. El elefante desaparece se publicó en 1991 y se tradujo luego a muchos otros idiomas. La colección Después del terremoto apareció el año 2000 en Japón. Este libro contenía seis cuentos relacionados de una u otra forma con el terremoto de 1995 en Kobe. Lo escribí con la esperanza de que los seis cuentos formasen una imagen unificada en la mente del lector, así que tenía más de colección monográfica que de colección de relatos cortos. En ese sentido, pues, el presente libro, Sauce ciego, mujer dormida, es la primera colección auténtica de cuentos que he sacado desde hace mucho tiempo. Este libro, como es natural, contiene algunos cuentos que escribí después de que se publicara El elefante desaparece. «La chica del cumpleaños», «Los gatos antropófagos», «El séptimo hombre» y «El hombre de hielo» son algunos de ellos.
 Escribí «La chica del cumpleaños» a petición del editor cuando me hallaba trabajando en una antología de historias sobre cumpleaños escritas por otros autores. Seleccionar cuentos para una antología es una tarea relativamente fácil para el escritor, si te falta uno, puedes escribirlo tú mismo. «El hombre de hielo», por cierto, se basa en un sueño que tuvo mi esposa, a la vez que «El séptimo hombre» tiene su origen en una idea que se me ocurrió cuando era aficionado al surfing y estaba contemplando las olas. A decir verdad, con todo, desde comienzos de 1990 hasta comienzos de 2000 escribí muy pocos cuentos. No porque hubiera perdido el interés por ellos, sino porque estuve tan ocupado escribiendo varias novelas que no tenía tiempo. No tenía tiempo para cambiar de género. Es cierto que escribía algún cuento de vez en cuando si no había más remedio, pero nunca me concentré en ellos.
 En lugar de eso escribía novelas: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Sputnik, mi amor; Kafka en la orilla. Y entremedio escribí obras que no eran de ficción, las dos que componen la versión inglesa de Bajo tierra. Cada una de ellas me exigió muchísimo tiempo y energía. Supongo que en aquel entonces mi principal campo de batalla era éste: escribir una novela tras otra. Quizás era simplemente una etapa de mi vida para hacer aquello. Mientras, igual que un intermezzo, publiqué la colección Después del terremoto, pero, como ya he dicho, en realidad no fue una colección de cuentos. En 2005, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo sentí un fuerte deseo de escribir una serie de cuentos. Un poderoso impulso se adueñó de mí, podríamos decir. Así que me senté ante mi escritorio, escribí a razón de un cuento por semana, aproximadamente, y terminé cinco en no mucho más de un mes. Francamente, no podía pensar en nada más que en esos cuentos y los escribí casi sin parar. Estos cinco cuentos se publicaron hace poco en Japón en un volumen titulado Cuentos extraños de Tokio y aparecen reunidos al final del presente libro. Como indica el título, todos comparten el hecho de ser extraños, y en Japón salieron en un solo volumen. A pesar de tener un tema en común, cada cuento puede leerse con independencia de los otros y no forman una sola unidad definida claramente como los cuentos de Después del terremoto. Pensándolo bien, sin embargo, todo lo que escribo es, más o menos, un cuento extraño. «Cangrejo», «La tía pobre», «El cuchillo de caza» y «Sauce ciego, mujer dormida» se han revisado en gran medida antes de traducirlos, por lo que las versiones que aparecen ahora son muy diferentes de las primeras que se publicaron en Japón.

 También en varios de los cuentos anteriores encontré detalles que no acababan de gustarme e hice algunos cambios de poca importancia. Asimismo debería mencionar que muchas veces he reescrito cuentos y los he incorporado a novelas; la presente colección contiene varios de estos cuentos. «El pájaro que da cuerda al mundo» y «Las mujeres del martes» (incluidos en El elefante desaparece) se convirtieron en el modelo del principio de la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y, de modo parecido, tanto «La luciérnaga» como «Los gatos antropófagos» se incorporaron, con algunos cambios, a las novelas Tokio blues. Norwegian Wood y Sputnik, mi amor, respectivamente. Hubo un periodo en el que narraciones que había escrito como cuentos continuaron creciendo en mi mente, después de publicarlos, y se transformaron en novelas. Un cuento que había escrito mucho tiempo antes irrumpía en mi casa en plena noche, me zarandeaba hasta despertarme y gritaba: «iEh, que éste no es momento de dormir! ¡No puedes olvidarte de mí, todavía quedan cosas por escribir!». Impulsado por esa voz, me encontraba escribiendo una novela. También en este sentido mis cuentos y novelas se conectan dentro de mí de una manera orgánica, muy natural. H.M.

viernes, 24 de abril de 2015

Decir tu nombre es una enfermedad


Mi propio cuerpo
ya no me entiende
Nichita Stanescu

Digo tu nombre y  tartamudeo,

Me doy cuenta que no puedo decir orgasmo,
no puedo fingir el frío en mi cuerpo.
No puedo decir que tengo un clítoris que piensa en ti.
Que  mi sangre no es roja,
y que en vez de un corazón tengo un pájaro que revolotea dentro de mí
cada vez que tirito tu maldito nombre
si miro el cielo, pienso en tu desnudez
pienso en tu cuerpo excitado sobre el mío y me masturbo.
si miro sangre desbordándose sobre la herida, pienso en tus ojos verdes
y es que tus ojos son una herida desbordándose sobre una herida mía.

Ya no diré otra vez tu nombre.-
Ya no pensare en nuestra desnudez y el orgasmo próximo.
Ya no explotara mi voz
ya no explotara mi cuerpo.-
Esperare a que el silencio explote en mi cuerpo.


@Tomado del libro Decir tu cuerpo es una catástrofe 

jueves, 23 de abril de 2015

Paola Valverde Alier , Y su más reciente poemario Bartender


Fotografía: Propiedad del autor.


A Paola la conocí allá por el 2004- para cuando se casó con nuestro poeta Dennis Ávila(poeta hondureño que ahora radica en Costa Rica), nos vimos en un encuentro iberoamericano de poesía joven en Vásques de Coronado en 2010 ciudad ubicada en los alrededores de San José.  Paola Valverde y Dennis Avila manejan ahora uno de los bares más movidos y a mi criterio y al de muchos más importantes de San José.  Si alguien sabe de vida nocturna y de bares son ellos. Trabajar largas jornadas, y hacer de este local no solo un bar sino una institución socio-cultural, donde muchos artistas nacionales y extranjeros presentan su obra.  Es una labor admirable Tuve la oportunidad de ver la capacidad y la calidad del trabajo de Pao, cuando ella decidió  presentar  lo que sería para ese entonces su primer poemario LA QUINTA ESQUINA DEL CUADRILATERO,; el bar Rayuela, o el Lobo Estepario conocido con ambos nombres, estaba completamente lleno, medios de comunicación, poetas y no poetas,  esperando ver una lectura sencilla de la presentación de ese libro.  Comenzó la vida en el bar, algo hermoso,   vimos el show, porque la presentación fué un evento mágico, Pero esa es otra historia al terminar recuerdo que Paola me comentó junto a Dennis, que trabajaba en un nuevo poemario basado en la vida de un Bartender, en sus historias, en sus momentos más precisos y todo lo que se sacrificaba para serlo.   Si alguien sabe de eso, es ella, Paola es ahora una de las poetas más potentes de Costa Rica, una de las gestoras culturales con mayor respeto en su país, si alguien sabe qué es un BARTENDER sin duda es Paola, sabe las horas oscuras, las iluminadas, las veces necesarias en la que se debe abrir la boca para callar la noche, las veces necesarias en las que había que sacar algún loco de su locura, adivinar el misterio de una mesa sola a media noche, con una chica que jamás llega. BARTENDER es un poemario movido, un jazz, una milonga que dedica a un par de amigos, un brindis con sus poetas preferidos. 


BARTENDER
 A César Angulo y Jonatan Lépiz

 Intercambio un pulso con el cansancio
mientras la vida baraja
el inventario de los hombres solitarios
y mujeres en busca de otra historia.
Recojo botellas, pongo cenizas en su lugar.
 Limpio la barra y ese chico repite teorías incongruentes.
Las madrugadas son largas la poesía no existe
 todos perdieron su hemisferio.
A veces dejan propina otras, una amarga sensación de torpeza.
 Soy su bartender
mucho más
que una sonrisa
amable
 que vende.





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MERCADO BORBÓN
 Nos gustaba comprar en el Mercado Central
 sus pisos nítidos
 su mercadería colgante
las plantas medicinales distribuidas
 por orden de color.
Su aroma a grano de café
mezclado con maní y pan recién horneado.

 Amábamos los pescados
 en su cama escarchada
sacados de un cuento de esquimales.
Cada paso que dábamos era un hallazgo
 y cuando finalizábamos las compras:
 la sopa de pollo de doña Antonia.
A los pocos días con los bolsillos vacíos
 y la cordura en jaque decidimos aventurarnos al temido mundo del Borbón.

Tomados de la mano cruzamos el umbral
que nos separaba del infierno.
remolino de gatos nos dio la bienvenida
 sintiendo en cada paso esa sensación relajada
 de los campesinos en su mecedora.
20 Las manos de Guayasamín
seleccionaron la mejor verdura
 mientras vos hablabas del próximo partido de la Champions.
 Te besé sin soltar las bolsas
y regresamos al bar esquivando
los puños de una tarde lluviosa
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LA PRIMERA MILONGA
A Tania Segura y Pamela Camacho

Un farol inventado ilumina la ciudad.
De la puerta cuelgan dos siluetas atadas a una manta.
 Bailan tango la morena cela al gaucho.
Son reptiles sin soltar la mirada ni caer rendidos.
 La neblina va poblando el salón.
Su lamento sabe a astilla su deseo a yedra.
Así se baila el tango: multiplicando los orgasmos.
 El soundtrack de El jardín de las delicias fue compuesto por Pugliese

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II.
Aquí se derrumba el límite
 de una ciudad
porque el amor no es otra cosa que un templo
columnas de cielo sosteniendo al barco.

Soy la ruta del descenso
mis manos caen como anclas sobre ti.
Levantarnos despertar el silencio acantilado
rasgar la tormenta con el sol al hombro decir:
yo te buscaba te buscaba en el encuentro
de tus mitades en la atómica composición
del aire
donde un cuerpo balancea al otro sin hundirlo a pesar del peso
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SALUD POETA

A Alejandro Cordero y Diego Mora


Acomodamos la mesa
los vasos con agua los micrófonos.

 Bajamos las luces del salón encendimos
la lámpara junto a la celosía quebrada.
Pedimos silencio.
 Muchos se levantaron
jamás volvieron un martes
jamás volvieron.
En esta ceremonia sagrada
solo se perdonaba el sonido
de la licuadora cuando a alguien
en lugar de cerveza se le ocurría pedir un maldito batido de papaya.
 Había reglas:
podías hacer tu pedido antes o después
de cada poema
 pero nunca pasarle por encima al poeta aunque tuvieras sed.
Ocuparon la mesa voces encontradas aplaudidas abucheadas 25 amigos que después fueron enemigos amigos que siempre lo fueron.
Cada quien tenía un espacio en los grafitis del baño más inteligente del mundo.
 De pronto todos escribían:
el cocinero/ el fotógrafo/
la aeromoza
el indigente
 con el que nos quedábamos
toda la madrugada bebiendo mientras decía sus poemas de memoria.
 La barra era atendida por poetas.
Los dueños del bar, poetas.
Los organizadores de las lecturas,
 poetas y sus novias imaginarias también.
 Se colaban editores/ periodistas/ coreógrafos dependientes
de ferreterías y reparadores de microondas.
Se emborrachaban
para asaltar el micrófono una vez que los poetas invitados abandonaban el trono.


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lunes, 13 de abril de 2015

Decime



                

Recuérdame después de haberme ido…
Cristina Rossetti

Decime a qué sabe olvidarte,
olvidar la palidez de tu cuerpo
Y a veces de tus ojos verdes.
 Fingiré que no me importa nada
Que me da vergüenza repetir tu sombra en mi pared
Que ahora solo sos un ciprés triste.
Duele tu ausencia
Duele este llanto que me desborda
Que me ahoga
Que me suicida todas las veces que se le pega la gana.

Decime a qué sabe esta madrugada sin vos
Tengo miedo de abrir los ojos y ver el vacío profundo en mis manos.
Qué hago ahora, que no soy nada
Más que un trago insípido
Un beso fugitivo
Nada soy
Nada tengo que ofrecer a otros brazos

Moriré y hare de la repetición de tu nombre mi último himno fúnebre.


@Karen Valladares, tomado del poemario, decir tu nombre

Hoy inicia taller de creación literario en el CCET del 13 al 17 de abril de 9 a 12 am

HOY INICIA TALLER DE CREACIÓN LITERARIA CON MAYRA OYUELA, EN LAS INSTALACIONES DEL CCET

nació en Tegucigalpa en 1982. Ha publicado los libros de poesía “Escribiéndole una casa al barco” (il miglior fabbro 2006), “Puertos de arribo” (Casa de poesía, Costa Rica 2009) Sus poesía aparece en varias antologías nacionales e internacionales en entre las que destacan “Papel de oficio” (paíspoEsible 2006), “Puertas abiertas” (Fondo de Cultura Económica, México 2011). Ha participado en festivales de poesía en España y varios países de América Latina.



POEMAS DE MAYRA OYUELA






TRANVIARIA




Llevo al mundo como pendientes en mis orejas;


rozo con mis pestañas a los desconocidos,


beso manos de transeúntes


(hormigueo en los labios).


Qué alguien me aborde,


soy el metro que esta ciudad jamás conoció,


atrevidos en mí todos los años,


en mí el transcurrir,


en mí la palabra ventrílocua de cada estación,


en mí la espina y el diente que muerde la rosa de lo oculto.


Mis muertos no son sombras raídas en la luz.


Qué alguien me aborde,


sé cuál es el principio y el final de este cuento.


Qué alguien suba y se detenga en mí;


mis ojos son túneles que dan a cualquier lugar,


mis manos paredes para reposar en lo oscuro,


mis brazos sillones para que vengan a hacer el amor.


Roto ya todo lo íntimo en mí,


he de saberte andar, mundo,


con los puños cerrados en señal de auxilio y no de defensa


cerrados para llevar en ellos el resto de aire


que no supo caber en mis pulmones.


En la imperfección esta lo bello.


No necesito ser el poeta sino el poema,


la belleza está por encima de la lógica de cualquier poeta.


Necesito andarte despacio, camino,


no me detengo en el asombro de saber llegar, mundo:


en tus barrios, tatuadas están las paredes de calcárea sumisión,


en tus barrios fue donde aprendí a defender el descenso.


Soy el metro que esta ciudad jamás conoció;


en mí las volantes con fotos de desaparecidos,


en mí túmulos de palabras que alguien no supo barrer bajo la alfombra,


en mí el transcurrir.


Que nadie venga a preguntar por qué no te describo, esperanza,


yo hablo de esa otra belleza que no está en lo bello.


Abórdenme predicadores de la tarde,


zanates, pirueteros, estudiantes: no olviden el punzón


y escriban en la oquedad de mis vagones


teléfonos para citas de amor,


DJ, bartenders y todos con título de extranjerismo en su profesión,


suban carniceros del San Isidro, conserjes y putas,


albañiles vengan a devolver la sonrisa


a las princesas de los domingos.


Mujeres: describan con su carmín la caricia que no les tocó,


suban, fresitas de las High School, madres solteras, suicidas,


docentes, vengan a traficar perfumes traídos del Canal de Panamá.




Vengan a abordarme; en mí el transcurrir, todos los años,


el suspenso del que anda a tu lado, a pesar de su humanidad.



Sé quién soy,


basta una palmada en el hombro


y retorno a mis pies nauseabundos de sueños,


basta una palmada en el hombro


y retorno a mí,


al anonimato,


a la flatulencia, a la humana que soy.


¡Abórdenme!


soy el metro que esta ciudad jamás conoció,


vengan y calcen mis pies


ya que nunca podrán calzar mis zapatos.





SAL



La sal fue la bebida de tu infierno,


indefensas a la hora del bullicio


tus mejillas no eran rosas por el rubor,


ni por la bofetada que palpó levemente tu ironía.


Vos Desnuda al crepúsculo


ahogada en la sed del reptil que llevas atado a tu pie.


Haciendo de tripas sangre,


de vísceras olfato,


de carne olvido.


Nadie encontrará tus pasos bajo la argamasa.


Soltá el arma, encendé la vela,


la cuidad es una bestia que tirita de frío en tu ombligo.


Ya no hay más que esperar


no hay llantos de niños que se raspan las rodillas,


esos niños saltaron la orilla de tu cama y ahora son hombres.


Que los recuerdos no retocen como perros afeitados


lamiendo la piel que se mezcla con el polvo


de una habitación ajena


con hedor a cerveza,


a caricia que sabe a jabón de hotel,


a manos que atraviesan pubis


de esa otra, que despertó al lado de su abismo


socavando en su cuerpo la sabia mordaz de otra fosa.


Lejana es la piel de ese hombre


con el que despierta en silencio y muerta de cansancio.


Que sean otras las que cobardemente acepten el reclamo


de un -hasta que la muerte los separe-


no tengas miedo


que hasta la más bella guarda en su memoria


una mañana insegura en los brazos del hombre equivocado.







AHORA




Ahora que todo es invierno


ahora que la melancolía corroe la escalera de lo incierto


ahora que fracasamos en lo íntimo


y el café fue ceniza fría


que llevaron en sus pies los astronautas.


Un almendro frondoso es mi memoria


anidada en él está toda la luz que nos habita.


Mi cuerpo aún es arena invicta


y sobre él


no existen barloventos


que disuelvan tus pasos.


Acá no existe el milagro del retorno


acá sólo la humedad de un tronco encallado


acá sólo el salitre pegado a las persianas


acá la brisa que lava tiernamente la barca que aprieta mis pulmones


acá todas las noches


un beso húmedo de laberintos


me cierra los párpados.








BALLENA DE SAL




Una ballena de sal


apareció muerta


en la Plaza Central de Tegucigalpa.


Nadie sabe nada;


la expectativa a puerta cerrada


y el miedo como una piedra torcida en la mano


se abalanza sobre el crepitar de los pasos.



Rifles despuntando esperanzas,


palabras cuánticas midiendo injusticias.


Se ha levantado un triangulo de humo


sobre la plaza y perfora a cuadros


el grito glacial de la multitud.


Una sustancia violenta ronda las esquinas,


hombres verduzcos con bombas tragapalabras


llenan alforjas de desesperación,


cuento común para empezar el día.






Sólo seis heridos pronosticó el diario.






Nadie vio nada, nadie sabe nada,


y la ballena de sal vuelta piedra,


por la impotencia de rostros


que siempre serán ajenos.




ESCRIBIÉNDOLE UNA CASA AL BARCO


Esta casa vuela,
su altura conjura un papalote
que se distorsiona a la distancia.
Esta casa es un mar
y un barco también,
donde crispados, salimos
a contemplar
los delfines más blancos de la locura.
Esta casa tiene un color, un nombre,
su capitán Morgan lanza de sus anzuelos
aurelianos peces,
espectros que devoramos
en lo profundo de los desvelos.
Esta casa barco se desliza
por las olas de una Tegucigalpa oscura
mientras humanos veleros,
navegan lento
dentro de botellas.

jueves, 9 de abril de 2015

Virginia Woolf

El cuarto propio no ofrece respuestas,
más bien, plantea interrogantes,
es una posibilidad de cuestionarse la realidad
(Guisela López)
En el cuarto propio Virginia Woolf nos comparte su ir y venir por espacios cotidianos y vericuetos de la conciencia, por senderos del pasado y alamedas del futuro. No trata de facilitarnos el camino, o maquillar los escenarios, nos guía por un mundo de vicisitudes que debía enfrentar como mujer – con sueños y propuestas – en la Inglaterra de principios del siglo XX.
Nos inicia en los recorridos que ha tenido la escritura de las mujeres desde 1927, cuando terminará de escribir “El cuarto Propio”. Si bien ahora las mujeres recorremos los campus universitarios en todas direcciones, como estudiantes, como profesoras – en algunos países incluso como decanas o rectoras –. Aportando desde la medicina, la filosofía, las humanidades, la literatura, hasta la física quántica. El camino no ha fácil, ha sido una ruta de relevos las que nos ha traído hasta aquí. Hemos trabajado duro para poder ganar el derecho a escribir lo que queramos, pero pese a nuestros avances, no hemos logrado derribar el techo de cristal, y la diferencia sexual sigue marcando nuestra vida social con el sello de la exclusión de género.
Continúan existiendo normas, con el único fin de asegurar la supremacía masculina. Pese a los avances siguen siendo profundos los sesgos que separan la vida de mujeres y hombres en todas las esferas: y ni la producción artística ni la economía son la excepción.

La escritura continúa siendo un territorio generizado en el que – a pesar de la incursión de cada vez más mujeres en el ejercicio de las letras – la supremacía androcentrica se impone echando mano de toda suerte de privilegios de género: concentración de recursos económicos, autonomía en uso del tiempo, legitimación social e imposición de cánones de valoración y reconocimiento.

miércoles, 8 de abril de 2015

La casa tiene una herida



Y si no apareces, no importa yo te doy una canción.
Si miro un poco afuera me detengo, la ciudad se derrumba y yo cantando...
De una canciòn de Silvio Rodriguez




La casa tiene una herida, tiene lluvia en el techo, sombras acumuladas en todas las paredes, tiene voces rondando en los pasillos que no existen.
Tiene luces que se encienden y se apagan de madrugada o cuando todos duermen.
La casa tiene una herida marchitándose.
Tiene un montòn de canciones viejas sonando sin parar.
Yo no vivo en esta casa, mi hijo no vive en esta casa, mi abuela, mi abuela vive en todas las casas.
Mi madre vive en esta  casa, mi padre vive en esta casa, mi hermano vive, a veces en esta casa.

Hay vocecillas pequeñas que giran en toda la casa.
La casa no es ningún barco y no navega.

La casa tiene una herida, y esa herida tiene una casa y un nombre que sabe completamente amargo.



@Karen Valladares, tomado del poemario NINGUNA TARDE AZUL.

lunes, 6 de abril de 2015

Un hombre solo en una casa sola


Un hombre solo en una casa sola
no tiene deseos de encender el fuego
no tiene deseos de dormir o estar despierto
un hombre solo en un casa enferma.
No tiene deseos de encender el fuego
y no quiere oír más la palabra Futuro
el vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
y a él no le importa estar dormido o despierto.
La escarcha ha empañado las ventanas
pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
sólo le gustaría tener una copa que le contara a una vieja historia
a ese hombre solo en una casa sola.
Una historia como las que oía en su casa natal
historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo
ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
un hombre solo en una casa enferma.
© Herederos de Jorge Teillier

viernes, 27 de marzo de 2015

Una reseña más de mi poemario Ciudad inversa

Comentario al libro CIUDAD INVERSA de Karen Valladares

Por Jorge Cocio
Chile.

“Ha muerto la poesía” - Anne Sexton

Dicen algunas leyendas que cuando morimos una parte de nosotros se queda en la tierra y la otra se acuesta en el limbo. Pero nunca nos dicen cuál es la importante. Quizás buscar respuesta a ese detalle sea tan irrelevante como el preguntarse si hay algo después de la poesía. De ahí la necesidad de comentar el siguiente texto en esta estación de buses en el fin del mundo.

Esta ciudad / esta precisa ciudad / es el mundo / que nadie sueña.

Pareciera que para Karen Valladares la ciudad es un cuerpo tan íntimo como extraño, y que constantemente le remite a ella; por ende, necesita descifrarla en cada esquina. He ahí la conexión visceral que se produce cuando la palabra no tiene límites y se infiltra por la carne. En Ciudad Inversa la palabra atraviesa todo lo imaginable, pero al mismo tiempo es incapaz de romper el silencio, cruzar la soledad o la nave de la muerte.

La muerte lanzó los dados y no tuve suerte.

Desde la lluvia a los hospitales, los amantes y hasta lo más remoto de su nombre, lo que me lleva a creer en un sinnúmero de teorías alternativas sobre la disposición de las imágenes, el orden de los poemas, la sintaxis o las constantes referencias directas en las citas que hace y que no hace. Donde Borges, Girondo, Jaguares, Plath, Sexton y Bukowski comparten la misma mesa de póker de palabras vitales.

Hay temporadas en las que me hartan todas las cosas, el amor, los vestidos y los accesorios; las voces y los amigos de mierda. Por estos versos y otros que se presentan en los cuatro compases que componen este libro, Karen Valladares toma la rutina como parte fundamental de su poética. Asimismo, la intimidad del escribir se hace parte de la mirada tanto como autorreferencia, como efecto colateral del valor del acto… ¿útil o inútil?

A mí no me interesa la metáfora, o el verso, yo vivo sin parar y escribo.

Pero también podría romper todo lo dicho y plantearles otra cosa. ¿Qué pasaría si les dijere que Ciudad Inversa no es más que un conjunto de notas a pié de página de todo lo que ella quería decir? ¿Si la rabia contenida y el deseo de morir fuesen artefactos que pretenden decir otra cosa? ¿No será que esta obra plantea la muerte de la palabra y no de la poesía? Porque es fácil matar lo que a nadie le importa.

Título: Ciudad Inversa
Autora: Karen Valladares

Editorial: La Liga de la Justicia Ediciones

Algunos poemas



La abuela 


A: Lupe, a Mamachón, y Eva.


La abuela sueña con vivir siempre.
Todavía atrapa anocheceres infinitos
En la profundidad de sus manos.

Ignora al tiempo tostándose en sus mejillas.

La abuela aún recuerda
aquella guitarra marchitándose en sus dedos.
Su infancia imposible sin muñecas,
mezclada de cal, y de ríos crecidos hasta la rodillas.

Aún recuerda el nombre de sus enamorados,
y por siempre recuerda
el parto doloroso de sus hijos.

La abuela aún cree que cuando despertamos
es para nacer de nuevo.

Ella aún descubre palabras
vestidas de colores
formas y cosas.

Ella ha venido a bordar junto a mí
la transformación de sus antepasados.


Caballo blanco en el sepelio


En la ciénaga, mi caballo vigila la canción del agua
Jorge Martínez Mejía


El caballo blanco trota suave y silencioso en el sepelio.
Nadie lo ve más que mi espíritu angustiado.
Nadie siente el frío rozar de su caminata y el meneo tembloroso de su cola.

Sufre el caballo la pérdida del que lo vio nacer,
y observa como se hunde el cuerpo en la tierra,
y como es sepultado y olvidado.

El caballo blanco trota suave y silencioso en el sepelio,
se aleja, con los ojos vidriosos por el llanto
Desaparece corriendo y relinchando, entonando alto el canto de su despedida.


Me es indiferente ver venir la muerte

Me es indiferente ver venir la muerte
asomarse como un pájaro 
yéndose como un fantasma que lleva mi nombre en sus costados;

Me es indiferente ver llegar la muerte,
la sombría muerte,
la tardía muerte
la temprana muerte
la dolorosa muerte
la misteriosa muerte
que me vean colgada del techo,
sangrando hasta los pies,
hasta las uñas
hasta el suelo
postrada como árbol herido.

Me es indiferente 
cualquier tipo de dolor,
de angustia
de desconsuelo y desesperación,
volverme loca y andar por las calles
desconocida.
Verme elevada
como hoja seca 
caída desde hace tiempo.

Me es indiferente ver la muerte,
verla venir
verla irse y carcajearse sin piedad
arrastrando su bufanda de poemas
suicidas.


Intenté suicidarme

Intente suicidarme. 
Sigo viva por todas mis desgracias,
anotando los restos de mis días en una libreta polvosa.
La vida para mí solo era un juego de niños, un ir y venir sin propósito.

He saboreado la nada, aprendí a contemplarme, 
a desvanecerme, a sentir pudrirse la soledad.
A verme inútil todas las veces que quise,
a no tenerle fe a nada, a odiar los aguaceros y el bullicio del sol.
Odié por completo el griterío de los niños en los recreos, 
la pulcritud de los hospitales, los parques y las calles completamente habitadas.

Consumí la locura en todos mis tiempos,
absorbí todo lo que no le quedaba.
Mi nombre ahora quizá sea locura. 

Intenté suicidarme. 
La muerte lanzó los dados y no tuve suerte. 
Sigo viva,

jueves, 26 de marzo de 2015

Soy una casa deshabitada




Nos conocemos demasiado
en las palabras
que redundan
debajo de la ropa.


Ana María Vilchez, Talca 1968




Ahora me abandonas.
Jamás volverás a repetir mi nombre.
Ni seré la Penélope que deseas.
Dije tu nombre pálido todas las veces que quise,
Y al decirlo crecía como hierba en mi boca,
Hería mi piel, mi cuerpo desnudo.
La sobra descolgándose de la pared marchita.
Nada soy para ti, ahora.
Sólo tan sólo una patria que abandonas.  Y me dejas como
una casa deshabitada, sin fantasmas, sin ecos.-
El silencio estremecedor de este día que rompe los espejos.
Ahora me abandonas pero no lloro,
No muero, no escribo, no grito, no pasa absolutamente nada.


Soy la Ítaca a la que siempre vuelves cuando todo se te acaba


@Tomado del libro maldita poesía