jueves, 9 de abril de 2015

Virginia Woolf

El cuarto propio no ofrece respuestas,
más bien, plantea interrogantes,
es una posibilidad de cuestionarse la realidad
(Guisela López)
En el cuarto propio Virginia Woolf nos comparte su ir y venir por espacios cotidianos y vericuetos de la conciencia, por senderos del pasado y alamedas del futuro. No trata de facilitarnos el camino, o maquillar los escenarios, nos guía por un mundo de vicisitudes que debía enfrentar como mujer – con sueños y propuestas – en la Inglaterra de principios del siglo XX.
Nos inicia en los recorridos que ha tenido la escritura de las mujeres desde 1927, cuando terminará de escribir “El cuarto Propio”. Si bien ahora las mujeres recorremos los campus universitarios en todas direcciones, como estudiantes, como profesoras – en algunos países incluso como decanas o rectoras –. Aportando desde la medicina, la filosofía, las humanidades, la literatura, hasta la física quántica. El camino no ha fácil, ha sido una ruta de relevos las que nos ha traído hasta aquí. Hemos trabajado duro para poder ganar el derecho a escribir lo que queramos, pero pese a nuestros avances, no hemos logrado derribar el techo de cristal, y la diferencia sexual sigue marcando nuestra vida social con el sello de la exclusión de género.
Continúan existiendo normas, con el único fin de asegurar la supremacía masculina. Pese a los avances siguen siendo profundos los sesgos que separan la vida de mujeres y hombres en todas las esferas: y ni la producción artística ni la economía son la excepción.

La escritura continúa siendo un territorio generizado en el que – a pesar de la incursión de cada vez más mujeres en el ejercicio de las letras – la supremacía androcentrica se impone echando mano de toda suerte de privilegios de género: concentración de recursos económicos, autonomía en uso del tiempo, legitimación social e imposición de cánones de valoración y reconocimiento.