viernes, 4 de junio de 2010

Nocturno de Chile, Roberto Bolaño.


Ensayo de Patricia Espinoza.



Estética y política: el crítico como dictador.

El libro Nocturno de Chile (2002) (1) de Roberto Bolaño actualiza la tradición latinoamericana sobre la narrativa del Dictador, introduciendo un giro que radicaliza la relación político-estética de las discursividades crítico-literarias. El cruce de ficción y realidad resulta de tal modo inevitable, siendo la realidad una construcción, sólo queda ficción tras ficción. Una ficción realista que permite leer a partir del cruce entre contexto histórico y ficción formando parte de un mismo discurso. En esta novela asistimos al espejeo entre la figura del dictador histórico (Pinochet) y el dictador literario (Farewell, H. Ibacache) en un texto que patentiza la convivencia entre un orden histórico y literario que además permite la denuncia de las elites intelectuales chilenas que ayudaron al Golpe Militar, o que simplemente optaron por voltear el rostro frente a los sucesos políticos y que desde su conservadurismo instalaron un hacer crítico centrado en el autoritarismo que construye un mapa literario del mismo modo en que el eje dictatorial (1973-1990), se propone re-fundar la nación. Refundación literaria y refundación nacional, son dos gestos que operan de modo conjunto en el hacer crítico de H. Ibacache protagonista de Nocturno de Chile (2).
La novela latinoamericana sobre el dictador se inicia con El matadero del argentino Esteban Echeverría, publicada en 1838. Historia de larga data que cuenta entre sus grandes cultores a los siguientes novelistas: Yo, el supremo (1974) del paraguayo Augusto Roa Bastos; El recurso del método (1974) del cubano Alejo Carpentier; El señor presidente ( 1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias; Oficio de difuntos (1976) del venezolano Arturo Uslar Pietri; El Otoño del patriarca ( (1974) del colombiano Gabriel García Márquez y La fiesta del Chivo (2000) del peruano Mario Vargas Llosa. Es en esta tradición que se inscribe Nocturno de Chile; una tradición intervenida a partir del desplazamiento de la figura del gran dictador como eje textual. El dictador opera sí, en tanto marco contenedor de la figura de un “otro dictador”: el crítico literario.
Al duplicar la figura del dictador en un crítico literario, Bolaño emprende la tarea de atacar la asepsia que han logrado mantener los discursos críticos respecto del devenir histórico. Asepsia que se basa en la disyunción entre literatura, estética e historia y que encuentra su acomodo teórico/moral en la separación moderna entre las distintas esferas del conocimiento. Esa práctica especializada de discursos que llamamos crítica literaria se agotaría en la reflexión sobre el valor estético de la obra, sus dominios estarían claros y sus responsabilidades también.
De ahí que en Nocturno de Chile se realice el desplazamiento que va desde hacer hablar al dictador (El otoño del patriarca de García Márquez) hasta hacer hablar al crítico: es una violencia que ataca aquello que se autoerige como incontaminado, puro, el metatexto/el crítico, sobre todo por la historia. Así en el entrecruce historia-política-estética se hace posible el agenciamiento del mal, que en Bolaño tiene mucho que ver con las prácticas discursivas que se tornan violencia simbólica. El ejercicio de tal violencia opera a través de la escritura como una práctica que identifica el campo literario como débil. Es éste, el sitio privilegiado para exponer su palabra purificadora y extremadamente autoconsciente de los peligros que puede entrañar el visualizar la literatura en diálogo con la biografía de autor, la correlación del arte con lo social, la resonancia política del hacer literario en tanto sumisión o resistencia a los paradigmas de hegemonía.
Al respecto, cabe señalar algunos puntos sobre la tradición autoritaria de la crítica literaria en Chile. En las primeras décadas del siglo XX, la crítica, aun cuando es una actividad profesionalizada, no es todavía una disciplina, ya que no ha ocurrido aún la formalizada reflexión teórica universitaria. Habrá que esperar hasta la década de los sesenta, para que la crítica académica, asuma el acervo teórico europeo “con el afán de darle mayor sistematicidad y rigor a los estudios de literatura” (3). La crítica literaria abordada por Bolaño, es aquella publicada en prensa y, aunque en términos históricos siempre ha estado dominada por el impresionismo, la reseña o glosa y el carácter publicitario, ha sido respecto a la crítica devenida de la academia, la que más peso ha tenido en el campo cultural literario chileno. Específicamente, la crítica publicada en el diario El Mercurio (4), donde han escrito tres de los más relevantes críticos de prensa nacionales durante todo el siglo XX.
Pedro Nolasco Cruz, abogado de profesión, es el crítico ultraconservador más importante de la segunda mitad del XIX. Publica en la Revista de Artes y Letras entre 1884 y 1891 y en los diarios El Independiente, El Porvenir, La Unión y El Diario Ilustrado (5). En su libro Estudios sobre la literatura chilena señala: “Los artículos recopilados por primera vez en estos volúmenes tienen doble objeto: estudiar a nuestros principales escritores en su aspecto literario y rebatirlos cuando atacan a la Iglesia Católica” (6). El discurso de Nolasco representa el orden intelectual chileno excluyente y focalizado en la mantención del status quo literario. Su ideario crítico se basa en la identificación de las tareas de la crítica literaria con las de la ‘policía’ (7). El continuador de Nolasco Cruz es el sacerdote francés Emilio Vaisse, cuyo seudónimo Omer Emeth, en hebreo es ‘el que dice la verdad’. Su trayectoria en el diario El Mercurio comienza en 1906 y culmina en 1935. El crítico que sucede a Vaisse, es Hernán Díaz Arrieta cuyo seudónimo es Alone quien ejerce la crítica durante más de 50 años en el diario La Nación ( entre 1921 y 1939) y El Mercurio (entre 1939 y 1984). Finalmente cabe mencionar a José Miguel Ibáñez Langlois, cuyo seudónimo es Ignacio Valente, sacerdote del Opus Dei, que sucede a Alone en las páginas semanales del diario El Mercurio, entre 1966 y 1994, y le toca asumir el rol de crítico único durante la dictadura militar. Valente fue acusado de “crítico único” tanto por escritores como por los propios críticos (8). Cabe señalar, además, que Valente dictó clases de marxismo a los miembros de la Junta Militar presidida por Augusto Pinochet Ugarte.

2. La tormenta de mierda y el ángel de la historia.

Nocturno de Chile reinstala la problemática del hacer crítico y la función del crítico mediante la parodia. Entiendo la parodia como una citación con diferencia crítica; es decir, la relectura del pasado, su puesta en escena, mediante la distancia irónica. Al decir de Linda Hutcheon: “Lo que el nuevo texto logra es, una recontextualización, una refracción del texto primario” (9). Es, en definitiva un recurso ambiguo, en términos que el nuevo texto se independiza y dialoga con el texto parodiado. Nocturno de Chile así, parodia la historia moderna de la crítica literaria en la prensa chilena mediante las figuras de Farewell y H. Ibacache; representantes de la razón ilustrada, sujetos a quienes el proyecto de la razón iluminista les confiere poder y legitimidad. Es a este sujeto crítico y a su modo de ver y hacer crítica, que Bolaño expone a partir del binarismo espacio público/espacio privado. El espacio público es la escena donde se inscribe su palabra “verdadera” en tanto paradigma para el universo no letrado. La posesión de la letra es el dominio. Una vez desaparecida la escena, emerge lo privado. Urrutia Lacroix/H. Ibacache, expone su vida mediante un discurso ligado a la confesión, donde el lector es su destinatario. Una escena anamórfica, vertiginosa, visibilizada en la conciencia, en el monólogo caotizado de Urrutia Lacroix. Estamos, de tal modo, ante la caída del discurso moderno que instaló un referente único de significación donde la crítica literaria funcionó como metonimia de los dispositivos de control que la modernidad impuso en Chile. El discurso de Urrutia Lacroix expone la fractura de aquel proyecto moderno, mediante la visibilización de un discurso metafísico y socio-histórico. La crisis de lo moderno es la crisis del sujeto y de los ámbitos en los que se ha desplegado la actividad crítica.
El relato de Urrutia Lacroix es el contrapunto justificatorio a la palabra del joven envejecido; solo mediante la necesaria presencia del otro puede emerger su confesión que nos remonta al pasado, a su adolescencia y al primer encuentro con Farewell a fines de la década de los cincuenta:

cuando yo le dije, con la ingenuidad de un pajarillo, que deseaba ser crítico literario, que deseaba seguir la senda abierta por él, que nada había en la tierra que colmara más mis deseos que leer y expresar en voz alta, con buena prosa, el resultado de mis lecturas [...] En este país de bárbaros, dijo, ese camino no es de rosas. En este país de dueños de fundo, dijo, la literatura es una rareza y carece de mérito el saber leer. (NC 14)

Urrutia Lacroix y sus deseos: ser crítico, seguir la huella de Farewell y exponer el resultado de sus lecturas. Farewell de inmediato configura el territorio desde donde se realiza la crítica y el destinatario de ésta: un “país de bárbaros” marcando con ello el lugar privilegiado de su letra, de su canon, de sus gustos literarios. La visita al fundo de Farewell, es el rito de iniciación de Urrutia Lacroix para ingresar al mundo literario. En Là-Bas se aproxima a un escenario campestre degradado, una naturaleza mancillada por los campesinos y su pobreza, su lenguaje popular, sus feos rostros.
En la historiografía literaria nacional, el criollismo fue una de las tendencias más cultivadas por la narrativa. Durante las tres primeras décadas del siglo XX, hay un fuerte interés por narrar la chilenidad buscando la originalidad identitaria; para ello, los escritores se vuelcan a la naturaleza. En opinión del crítico Domingo Melfi: “El campo chileno, en la creación estética, fue descubierto por la generación literaria de 1900” (10). Lo propio, se identificó preferentemente con el paisaje para luego instalar al sujeto popular: el campesino idealizado. Cuando Urrutia Lacroix manifiesta su repugnancia frente al campesinado, está clausurando la tendencia a tal mitificación lo cual significa, además, bloquear el realismo social que tuvo su auge durante la década del cuarenta y que ve en la figura del pobre el símbolo de la explotación capitalista.
Urrutia Lacroix comienza a publicar sus primeras críticas a fines de la década de los cincuenta, al respecto dice:
Enrique Lihn, el más brillante de su generación, Giacone (sic), Uribe Arce, Jorge Teillier, Efraín Barquero, Delia Domínguez, Carlos de Rokha, la juventud dorada. Todos o casi todos, bajo el influjo de Neruda salvo unos pocos que cayeron bajo el influjo o más bien el magisterio de Nicanor Parra. Y recuerdo también a Rosamel del Valle. Lo conocí, claro. Hice críticas de todos ellos: de Rosamel, de Díaz Casanueva, de Braulio Arenas y de sus compañeros de La Mandrágora, de Teillier y de los jóvenes poetas que venían del sur lluvioso, de los narradores del cincuenta, de Donoso, de Edwards, de Lafourcade. Todos buenas personas, todos espléndidos escritores. De Gonzalo Rojas, de Anguita. Hice críticas de Manuel Rojas y hablé de Juan Emar y de María Luisa Bombal y de Marta Brunet. Y firmé estudios y exégesis sobre la obra de Blest Gana y Augusto D’Halmar y Salvador Reyes […] Y entonces adopté el nombre de H. Ibacache. (NC 36)

Estamos ante un itinerario fragmentado de la historia literaria chilena que intenta cubrir el siglo XX. Una lista azarosa de narradores y poetas instalados/legitimados por el crítico. Un recorrido marcado por un criterio binario que divide la poesía en el bando de los nerudianos y los parrianos, autores atados a la filiación literaria (11), homogenizados a partir de calificarlos como “buenas personas”; es decir, desasidos de sus textos. Solo nombres, sin historia, ideología, obras, propuestas estéticas particulares. Sin embargo, Urrutia Lacroix no aparece sometido a la lógica homogenizante. Urrutia Lacroix es el poeta y H. Ibacache, el crítico. El poeta pertenece al ámbito de lo privado mientras el crítico se enfrenta al espacio público:
Ibacache leía y explicaba en voz alta sus lecturas tal como antes lo había hecho Farewell, en un esfuerzo dilucidador de nuestra literatura, en un esfuerzo razonable, en un esfuerzo civilizador, en un esfuerzo de tono comedido y conciliador, como un humilde faro en la costa de la muerte. Y esa pureza, esa pureza revestida con el tono menor de Ibacache, pero no por ello menos admirable, pues Ibacache era sin duda, entre líneas u observado en su conjunto, un ejercicio vivo de despojamiento y de racionalidad, es decir de valor cívico, sería capaz de iluminar con una fuerza mucho mayor que cualquier otra estratagema la obra de Urrutia Lacroix. (NC 37)

El narrador habla, esta vez, en tercera persona para aludir a H. Ibacache quien ahora ocupa el lugar de Farewell. La crítica literaria cumplirá para H. Ibacache, una doble función: servir de plataforma u estrategia para potenciar su escritura poética y, a la vez, en tanto “valor cívico”, contribución a la sociedad. La crítica estaría configurada entonces, a partir de los siguientes rasgos: dilucidadora, por tanto orientada a aclarar; razonable, es decir, ligada a la razón y civilizadora, tendiente a romper con la barbarie. Sin embargo, el término “pureza” resulta ser el más importante dentro de tal categorización. La crítica pura es aquella, entonces, que cumple con los ideales del proyecto moderno letrado que asume al crítico como parte de la pequeña elite. No olvidemos que estamos hablando de un campo cultural latinoamericano, en el cual –hasta hoy en día- las brechas económicas y educacionales son cada vez más intensas. El crítico conoce la verdad del texto, el sentido último al cual los no letrados o bárbaros pocas veces accederán sino son guiados a la trascendentalidad de la obra jamás vista como producción sino como representación. Sin embargo, Urrutia Lacroix y Farewell no son tan diferentes. Farewell confiesa que la literatura, los libros son “sólo sombras” (NC 64), que “no hay consuelo en los libros” (NC 65) frente a un Urrutia Lacroix que ve la realidad siempre transida de divinidad. Cuando la obra poética del crítico decae, deja de realizar clases y sus críticas comienzan a perder claridad. Cae en el “aburrimiento y el abatimiento” (NC 72) mientras recorre las calles de la ciudad, cubierto con su sotana: “pozo donde se hundían los pecados de Chile y ya no salían más” (NC 74). Su figura es asumida claramente como un receptáculo o contenedor último del mal que impera en el país. La situación política vivida en Chile, emerge a través de una serie de interrogantes que el narrador le dirige al país. Chile es esta vez su narratario, otras veces lo ha sido el joven envejecido; pero no hay respuesta frente a las interrogantes del cambio, la posible locura de los chilenos, la búsqueda del culpable, el futuro monstruoso que le esperaría a la nación. Todo lo cual tiene su punto culmine cuando el crítico señala: “Después vinieron las elecciones y ganó Allende” (NC 96). Es decir, el mal llega y Urrutia Lacroix visita a Farewell para luego, en un gesto de repliegue, señalar: “Cuando volví a mi casa me puse a leer a los griegos. Que sea lo que Dios quiera, me dije. Yo voy a releer a los griegos.” (NC 97). A partir de entonces el texto magistralmente realiza un recorrido literal de sucesos que cubren tanto la llegada de la Unidad Popular hasta al suicidio del Presidente Allende y el bombardeo de la casa de gobierno. Momento en que el crítico dice: “Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo, y pensé: qué paz” (NC 97, 98, 99). Urrutia Lacroix asume la literatura como evasión, es su escape ante una realidad que le es adversa. Leer es asumir, entonces, el recogimiento, la pasividad, un autoexilio ante el devenir de una historia que le resulta destructiva. Hasta que nuevamente para el crítico el orden se reinstala con el Golpe Militar: “los días que siguieron fueron bastante plácidos y yo estaba cansado de leer a tantos griegos. Así que volví a frecuentar la literatura chilena” (NC 101).
Golpe Militar/crítica literaria/literatura chilena: tres ámbitos que para Urrutia Lacroix significan recuperación tras la supuesta carnavalización impuesta por la política de Allende. En el nuevo orden, el crítico es convocado como profesor de marxismo para los miembros de la Junta Militar. Es en este instante, cuando podemos advertir el gran espejeo entre el poder militar y el poder del crítico. La dictadura necesita sus servicios y el crítico se los brinda. En el último diálogo con Pinochet, éste señala: “¿Por qué cree usted que quiero aprender los rudimentos básicos del marxismo?” (NC 118) y Urrutia responde: “Para prestar un mejor servicio a la patria, mi general”. Es aquí donde se devela la razón del accionar del crítico: las clases de marxismo son parte de una estrategia mayor, estaría de tal modo prestando un servicio a la patria y no particularmente al dictador. Es a Chile, a quién Pinochet y el propio Urrutia Lacroix estarían ayudando. Por tanto el accionar “necesario”, según sus propias palabras, rompería las fronteras del hacer netamente literario; estaría ahora instalado/legitimado en tanto intelectual, poseedor de un saber que le permite intervenir ya no solo en el espacio limitado de la literatura sino en la política de la nación. El devenir histórico resulta así unificado al hacer crítico. Porque la dictadura no pensó en Farewell, sino que en él, en H. Ibacache. Farewell es el pasado, la figura detentadora de poder, pero restringida al territorio literario; en estos nuevos tiempos, el nuevo crítico, H. Ibacache, ha traspasado las coordenadas del poder convencional atribuible a un crítico literario. Su figura ahora acogida por el autoritarismo de Estado, amplía su territorio de poder; tiene una misión de servicio a la patria que obviamente deberá poner en ejercicio mediante la práctica de una crítica que opere de acuerdo con la misma lógica de la dictadura: exilio, exclusión, desaparición, mediante la omisión/desvalorización de autores, escrituras, estéticas divergentes al discurso autoritario. Es, en definitiva, la consolidación de un hacer crítico no autónomo; pero no en términos de disidencia, sino inclinado a ver en el arte un instrumento de dominación (12).
En la página 147 del volumen que leo, hay una cita que me parece vinculable con el desenlace: “Si las aguas fueran turbulentas yo sabría que la muerte está cerca”. En su enfebrecida cabeza, su cama gira en un río de aguas rápidas. Sin embargo, en la última línea del texto señala: “Y después se desata la tormenta de mierda” (NC 150). Al desatarse la tormenta, las aguas se vuelven turbulentas; es decir, la muerte está allí.
Ha llegado el fin de Urrutia Lacroix, no así el término de un estilo de hacer crítico en tanto dominancia. Walter Benjamín respecto al ángel de la historia señala que:
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre runa, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso (13).

Es posible ver acá una relación con el segmento final de Nocturno de Chile. El relato de Urrutia Lacroix es sobre el pasado en tanto desastre; tal como el ángel, el crítico pareciera querer reinstaurar el orden pasado. Es el instante en que emerge la tormenta de mierda y lo impulsa hacia el futuro al cual él vuelve la espalda. El futuro, Benjamín lo identifica como progreso. Nosotros diríamos que el futuro para el crítico, es el terror.
En efecto, la actual e innegable hegemonía alcanzada por los medios conservadores de prensa escrita en la sociedad chilena ha impuesto la figura de un crítico literario que ha refundado la supremacía del impresionismo trascendentalista, mitificador, metafísico, estetizante, dócil con el mercado y nulo en su función de oposición respecto a la institucionalización de la literatura: es el pasado que emerge como un zombie (Benjamín señala que el ángel anhelaba revivir a los muertos) negándose tajantemente a la vinculación arte/política. Desde la restauración democrática, esta ha sido la tendencia hegemónica de la crítica. Es esta práctica la que Bolaño ataca al evidenciar su constructo ideológico subyacente: la falaz apuesta del neoconservadurismo crítico. Podemos hablar, entonces, de la pervivencia del ideologema (14) autoritario como uno de los mecanismos fundamentales de control dentro del campo discursivo literario. Así la apuesta de Bolaño, trasciende a sus precursores genéricos en el ámbito de la narrativa del dictador, en tanto los dictadores, especialmente en la historia latinoamericana, no terminan desapareciendo; es más, sus sistemas políticos son modificados, perfeccionados, el control ideológico se reactualiza constantemente y la crítica literaria debe estar plenamente consciente de tal amenaza.



Tomada de :
http://www.lanzallamas.org/blog/2006/12/nocturno-de-chile/

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