viernes, 3 de abril de 2009

Jorge Martinez Mejia, Causa ganada a la poesía.






La poesía ha muerto


De esa famosa joven melancólica no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo como una paloma fugitiva: La olvide sin quererlo, lentamente, como todas las cosas de la vida.
Nicanor Parra



Con esfuerzo escribo este fárrago. A mí me tocó decir que la poesía ha muerto, sin ambages y sin metáfora. La pequeña difunta debió morir con sol, y sin embargo llueve, quizás sin relación porque ha nadie le ha importado nunca la poesía. Es mejor que haya muerto. Ya era fea, roñosa y prostituida. Era difícil colocarla en las librerías, apestaba, era invendible, nadie podía invertirle un céntimo. Los bribones la usaban para sus viajes a Barcelona, México, Bogotá y Buenos Aires, todos con ínfulas de literato, mientras la pobre puta, la perra callejera se moría de inanición. La poesía ha muerto, señoras y señores (Suena el teléfono. Aló Jorge, sólo queremos saber si va a venir porque hace una hora que lo estamos esperando) La poesía murió de flaca, de falta de poetas y de musas, murió de carencia y de puta. Pero los bellos animales siguen existiendo, y el tren, y el camino y los filósofos (Jorge, va a venir o no, porque ya sólo están tres muchachos y lo estamos esperando en el taller de poesía). En la hora que menos imaginamos sólo un pájaro canta bajo la lluvia, y de lo único que dispongo es esta verdad aterradora: La poesía ha muerto.



Desnuda otra vez

Tal vez ahora en la ola naranja, sin la huella nórdica, sin el nombre, sin la sombra, desnuda otra vez; miles de pájaros y jardines diminutos atraviesan un bosque. No será claro el deshielo, la terraza y el atuendo blanco sobre tus pasos. Alzabas una joya desde el suelo. Las hojas vecinas, la arena, el gigante amarillo cerrando un ojo a la noche, tu labio. Un dolor desde el tiránico esternón del sueño, las peregrinaciones hacia el mar. Y hoy dulcemente me desdicho a tu hora.


Sólo es alta mi voz, no la poesía

Una noche sin odio. Una noche, la luciérnaga y su furia en un rosal debajo de las hojas. Tu nombre tal vez bajo un prado dibujando una ardilla verde, una niña de rizos. Este hombre, me habrías dicho, tiene un dominio en mis ojos negros, germanos y tristes; este hombre, me habrías dicho, noble sobre una terraza gris, me llevó de la mano. Sin voz te canto contra mí…y sólo es alta mi voz, no la poesía.


Y todavía desnuda

Aquella noche, vista en mi habitación, cientos de mujeres se desnudaban desdichadas. Pequeñas tiranas o forasteras mayores, princesas, sultanas de barrio o de bosques amarillos, mucamas descalzas y jóvenes madres peregrinas. La ninfa de labios naranja de un edén suavemente podado, una pecata minuta que soñara veinte años antes, aún más bella desde el musgo o en un prado. La giganta de enormes torreones bajo las sábanas. Aquella noche, mis Causas Perdidas en la linde de la sombra desnudaban sus joyas lejos del mar. Pero tú eras una dama en la terraza gris, soberbia y gris terraza, contigua a una avenida sin nombre. Tú eras, sin descanso, mi más oscura causa. Y todavía desnuda

Todo pierde la sombra

Al mediodía todo pierde la sombra. Cuando la ciudad se derrite se sufre demasiado. Los transeúntes raras veces mojan sus labios con agua, sólo sufren. Y sin embargo por la tarde, cuando el sol se sienta tras la montaña, una especie de calma gris anuncia que poco o nada se hizo para vivir de veraz.


De los poetas que mueren de hambre

De los poetas que mueren de hambre, de los amorosos, de la musa flaca vista en Baudelaire, de la perorata poética, de la piel de higo de la petit poetisa, del negro vozarrón agudo con que chilla Vallejo, de los versos más tristes de Neruda, de la Cucaracha Samsa, de las dos piedras que llevaba en las manos Alfonsina Storni, de los hospitales construidos por Alvaro Mutis, del infinito muro en que se sostuvo Borges, una noche que habló consigo mismo; del árbol de raíces de agua de Octavio Paz, de las costillas peladas de Rocinante, de los brazos rotos y los rostros fragmentados de Guayasamín, de la tierra baldía de Elliot, de la Estigia de Dante, de las hojas de hierba de Witman; de Lola, la mujer de Miller, y de Lolita; de todo, amigos, de todo se burla Dios. Y se caga de la risa.


Nada nos da más libertad que la poesía
A Gustavo Campos

Después de las tabernas y los tristes lupanares, el joven poeta se revuelca en la calle en un afanoso intento por sacudirse un demonio que Baco ha soltado desde su memoria. Similar a mí, hace veinte años, vil y obtuso, desnudo, gritando: “¡Quiero ser libre! ¡Quiero ser libre! Por las calles malolientes y los burdeles de San Pedro Sula. Y he sido más libre hoy que me he visto reflejado, sin revolcarme y con Baco. Y no obstante, nada nos salva a ambos de la vileza infame, y nada nos da más libertad que la poesía.



Nidia de la Noche, mi bohemia virgen

A los poetas que murieron en el intento de besar a su musa, a los bribones con prisa, a sus mamotretos cargados de ripios hechos para la fatuidad, a la inocencia literaria exportada para el escarnio público, a la poetisa fea con ojos de hombre, a los explotadores de los poetas hambrientos y su dominio escénico, a la noche de la estulticia del arte, a los libros retirados de las librerías, al Jonás de Cardona Bulnes, a los pintores faquires y maquiladores que rebajaron el precio de su obra, a su sonrisa triste, a los que tardíamente se dieron cuenta que no eran poetas, a los que renunciaron de la poesía y abrazaron con ánimo de mercader la narrativa, a la carraspera antes del verso, al tazón de poemas muertos, a los poemas inéditos, a la pose literaria, al repugnante lujo y a la peligrosa voz colada en la sala por la cuenta de cheques, a la bufonada editorial, a los sacerdotes adoradores de Moloc, al poeta chuco y sus poemas a precio de rebaja, al poeta que se olvidó de sí mismo en un palacio construido en la cima de un cerro, al poeta embajador en un país rabioso, al violento poeta, al bohemio fuera de contexto, al poeta marero, evangelista, malandrín comedor de cerebros, a los poetas de pueblo, al declamador de verdades amargas, a la vieja demente y necia que se obstina en ser poetisa, a las hienas literarias satisfechas en su nada, a Holderlin leído por Campos, al poeta del tobogán de cartón que prefirió la ebriedad a la literatura, al poeta de los niños de cristal, al poeta pulpo que hizo un poema con sólo una palabra, a las niñas poetizas y su siniestra ternura, a Nidia de la Noche, mi bohemia virgen; a todos dedico este minuto trazado como una representación inútil de mi causa.


En Masca no le tienen miedo al Diablo

A Mario Gallardo, por mostrarnos este mundo.

Por aquí pasa un espíritu, le dijeron a Vicenta Martínez, esperando ver el miedo. El espíritu errante, el vagabundo de la playa, acostumbrado a posar su pie sobre la arena húmeda, diluía su pena, su condición oscura, relegado a la sombra. Después de los gritos de la tarde, cuando el mar reposa y se revela el silencio, el pobre Diablo paseaba su naturaleza angélica, abstraído, envuelto en la brisa. ¡Aquí estoy yo ahora! Gritó Vicenta Martínez, elevando la voz por encima de las casas hechas de palma. Ahora Mama Chenta reina en Masca, y no le tienen miedo al Diablo.


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