sábado, 7 de marzo de 2015

Poesía de Rigoberto Paredes





Rigoberto Paredes nació en Trinidad, Santa Bárbara, Honduras, en 1948. Poeta y ensayista. Perteneció a los grupos literarios: Tauanka de Tegucigalpa y Punto Rojo de Colombia. Es premio It-zamná de Literatura, otorgado en 1983 por la escuela Nacional de Bellas Artes. Finalista en los Certámenes internacionales de poesía de Casa de Las Américas, EDUCA y Plural. Ha sido fundador de los proyectos editoriales: Editorial Guaymuras, Editores Unidos y Ediciones Librería Paradiso, así como de las revistas Alcaraván e Imaginaria. Obras publicadas: En el Lugar de los hechos (1974); Las cosas por su nombre (1978); Materia prima (1985); Fuego lento (1989); La estación perdida (2001). Es coautor, junto con Roberto Armijo, de la antología Poesía contemporánea de Centroamérica, publicada en Barcelona en 1983.


NO HAY POESÍA

a J.C.Mestre, poeta.



Ya no existes, poesía;
murierón tus profetas.
Ahora te conocen
sólo de nombre, ni de oídas.
Nadie, casí nadie
sabe quién eres en el fondo.
Tú la desconocida,
la mal venida a menos,
la caída en desgracia.
Por ti podría yo matar
a cien malos poetas,
tus verdugos, jueces y partes
de no sé cuántos amigos de lo ajeno.
Por ti, sólo por ti, poesía,
puedo yo, ahora mismo, revivir
a Perse y a Montale,
a Eliot y a Vallejo,
a Char y a Li Po, entre poquísimos
menos que más.
Vuelve poesía, vuelve, sin tardanza,
antes de que los cuervos

te boreen de mis ojos.



Memoria del solo



¿En qué ajeno paraíso abandonaron

mi humeante corazón, quemado vivo,

las mujeres que amé?

¿Bajo qué cielo raso se desnudan

y muestran victoriosas el reino que perdí?

Yo, en cambio, nada guardo: ni dicha ni rencor.

Una a una me dieron la gloria merecida

y derrotado fui con sus mejores armas.

El amor es la única batalla

que se libra en igualdad de condiciones.

Yo no pude escudarme, devolver las palabras

con la misma osadía, y los más leves golpes

me alcanzaron de lleno a la altura del pecho.

Dado ahora a morir en cama extraña

(orgulloso de mí, en paz conmigo)

cierta gloria atesoro, ciertos nombres

como el viejo guerrero que alivia sus heridas.







Memento



Vencido,

te relames en los labios

un incierto dulzor,

los viejos sinsabores de otros cuerpos.

Nada tuyo queda, nada de cuanto diste

ha vuelto salvo ni recompensado.

El amor es así: gloriosa pérdida

de prendas y batallas,

o, a veces, solamente un injusto recuerdo,

cierto invicto deseo

que juraste guardar más allá de la muerte.






Alguna vez



Alguna vez

un cuerpo se tendió a nuestro lado

y se abrió, sin prudencia,

como una madrugada.

Le dimos cuanto quiso:

piel,

entrañas,

el lujo del amor,

las más hondas palabras.

Una mirada, un hálito, una brizna le dimos.

Alguna vez

un cuerpo se tendió a nuestro lado

y nos dejó

vacíos.






Estación perdida II



Cuanto amé

doy a cambio de la estación perdida.

Con paciente avaricia yo he guardado

dones, heridas, dichas, infortunios,

vanas prendas que el tiempo ha vuelto bellas.

Ahí están,

bajo palabras puestas

ante el límpido augur de la memoria.

El mundo en torno ha sido monótono, aparente,

sólo un confuso limbo de lejanas presencias,

una noria atascada, un áspero cansancio.

Pero amé,

colmando fui de amor pechos y labios

y nada más que cuanto amé queda.

Mas la vida vendrá

cuando en mí resplandezca la estación perdida.






Opus de amor

(en cuatro movimientos)



Convite



Una mujer no basta

para dar de vivir al solitario.

Un solo cuerpo no, una mujer no basta.

El solitario aguarda

en su lecho de rosas

a más de un corazón.

Una sola no basta

para dar de vivir al solitario.

Su cabeza se aqueja bajo sábanas

como animal rendido,

y los ojos del solitario no ven de lejos.

Acérquense las que quieran,

todas.






Post Mortem


No aplacaré con lágrimas

lo que arde en la punta de mi lengua.

De más está llorar

por quien vivió en la holganza,

dando palos a cambio de abrazos y de querencia.

Ahora, en esta hora de la verdad,

en que tus pompas

se estrenan en lo duro y pelado de la tierra,

todo cuanto luciste, ufano y altanero,

pesa más sobre ti

como una losa a imagen y medida de tus restos.

¿Qué otra suerte esperaba

quien en vida olvidó, a su debido tiempo,

que también el poder y sus deidades

pasto son de gusanos, hálito de la nada?

Un áspero hierbajo se abre paso por dentro,

te hiende la cabeza, el pecho, los muñones:

es el estrago tenaz de la venganza,

su lenta mordedura, la soga del rencor,

únicas prendas

que ostenta la oquedad de tu memoria.





La estación perdida. (2001)



__________________________


Alguna vez

Alguna vez un cuerpo se tendió a nuestro lado
y se abrió, sin prudencia,
como una madrugada.
Le dimos cuanto quiso:
piel,
entrañas,
el lujo del amor,
las más hondas palabras.
Una mirada, un hálito, una brizna le dimos.
Alguna vez
un cuerpo se tendió a nuestro lado
y nos dejó
vacíos.


Última escena

Los señores
comieron y bebieron
hasta más no querer.
Ni una miga rodó fuera del plato,
ni una gota de más llegó a otra boca.
Sus vientres
relumbran tentadores
ante los ávidos cuchillos de la multitud.



Méridem
Ahora soy, por fin, lo que no  he sido.
Al tiempo, augur del desdichado,
nada debo, nada de mí.
Lo que tengo, o tendré,
pertenece a la certeza del olvido,
o a ti , desconocida, incansable poesía.
Si escribí, si no escribo, si escribiré,
¿qué significa todo eso?
Ah, qué hermoso es este oficio del silencio.



Belleza
Quién eres tú, belleza,
incierta, impura belleza.
Qué  buscas dentro de mí, belleza.
O solo quieres que te nombre , belleza,
como a una recién nacida, belleza,
impostora de ti, de mi, belleza.
Digo, quiénes seremos tú y yo, belleza,
Cuando, de aquí a mañana, belleza,
no seas tú, poesía, mi única belleza.



Vuelta
Mañana volveré.
Mañana, dije, sin mirar tu rostro,
sin mirarnos de frente.
Pero viéndote, viéndonos
como antes nos mirábamos.
A ciegas llegaré,
como un Odiseo tejido y destejido
por el desamor, esa llaga
incurable de tu corazón.
Llegaré, falsa Penélope,
Circe de los amigos
que Edilberto vio convertidos en cerdos,
lestrigona de este viejo caballo de Troya.
Argos me espera.



Cansancio
Ya no quiero, no puedo
dar más de lo que tengo.
Mi corazón boquea como un pez
en el fondo de una nasa abandonada.
Así me veo ante mí mismo:
animal sudoroso, azorado,
viejo poeta, marchito en sus laureles.
De nada me valió
meter mis manos en todas las hogueras
en nombre del amor,
vieja causa perdida.
De nada, haber creído
en la palabra dada
por más que haya nacido de unos labios
dulcemente posados en los míos.
 El tiempo es cruel y juez severo,
Justa o injustamente cruel.
Conozco toda altura y toda bajeza,
sus vacilantes máscaras
que el tiempo, con el tiempo,
va poniendo en su lugar preciso.
Yo he visto rodar glorias,
cabezas bien o mal alzadas
en la plana pública
para honra y prez de fieles
o de incautos.
Yo he mirado la verdad, su temible fijeza,
su mano limpia, amenazante
contra quien no se rinda
a su reino impenetrable, ciego.
Y simples cosas,
extrañas, entrañables pertenencias
no mías, he visto,
y de esto y más daría fe
ante propios y extraños
como un viajero pródigo
que vuelve inesperadamente.
Reconozco, al pavesiano modo,
que es difícil vivere.
Y yo he vivido y he visto y he creído.
Y todo esto cansa, cansa, cansa.
Y yo, yo estoy cansado.



Poétique
Lo adjetivo, Huidobro, es lo que mata,
así como la rosa florecida en tu poema.
Y el poema no es llave;
Cerrojo, cerradura, sí,
de la única puerta que lleva a la poesía.
Crea, cree que creas,
poeta, ciudadano del olvido;
crea viejas palabras y pásalas por nuevas
al mando de tu báculo pontificial, bicéfalo.
Y alce su mano, ante ti, de dios pequeño
el que viniere de otro mundo
a decir lo mismo, ya sabido.
¿Pequeño Dios?, si acaso tú, Vicente,
Pese a tu pecado de originalidad.



El ángel
El ángel de la anunciación
trizó sus alas
entre la ingrávida espesura
de la aurora boreal.
Lo vi rodar, cielo abajo,
como el águila
de Juan Ramón Molina.
De lo alto de sí mismo
cayó el ángel, en llamas.
Su grito agonizante semejaba
al de Bruno, embrocado en la hoguera.
¿Traía algún mensaje,
terribles amenazas
que nadie ha podido escuchar?
Tal vez la última palabra de Dios
o la hora señalada de ese día final.
Pero murió el ángel de la anunciación
y ya podemos acostarnos, amor, en paz.



Marítima
Cruzaré el Atlántico
a nado, estilo libre,
o en el lomo de la ballena de Moby Dick,
o en la muy entrañable compañía de Jonás.
Viajar por viajar,
como los marineros que besan y se van.
Y el Pacífico también,
sobre el caballo verde de la poesía de Isla Negra,
y la caparazón de algún quelonio ecuatorial
como amuleto en mi frente de marinero en tierra.
Y el Mediterráneo cruzaré,
dormido como piedra, en la balsa de La Medusa.
Mi norte es la poesía:
El cementerio marino, de Paul Valéry.



¡Salud!
Darío murió dizque del mal de los siglos,
Como Mayorga Rivas y Molina,
Aquella trinidad centroamericana.
Y Cárcamo y Fontana y JoséAsunción
Y la Eunice y Pizarnick.
Y otros y otras vamos,
vamos por el mismo camino.
Esta es  mi sangre, dijo Cristo,
cuando se empinaba una ánfora
tan bella como cuerpo de mujer.
¿Eran de vodka o de vino
aquellas aguas benditas?
¡Cómo no creer en lo que él decía!



En sueños
Anoche te vi
sin que me vieras.
Te vi desnuda,
presa de la impaciencia:
tal vez a la espera
de que yo despertara.



La sirena
Amo a una sirena
que me canta
en la noche, de lejos.
Nunca la he mirado
ni ella sabe quién soy,
¿o eres tú, encantadora
de este sordo corazón desencantado?
¿O tú, la más bella, recién venida
a estas áridas riberas de mi cama?
¿O aquella, la desamorada
de algún Odiseo que viene de regreso?
¿O quién? ¿Quién?
Amo a esa sirena,
como la amó
mi viejo Juan Ramón,
pescador sin fortuna.



Penitencia
 Como Dios,
hice de mis costillas
a la mujer.
Como ese Dios omnipotente,
arrepentido, enfermo, vallejiano,
más de una vez
malherido fui en mis costados,
y era este la corazón la víctima propicia.
Yo, que la hube creado
a imagen de nuestra semejanza.
Yo, como ese Dios, que creía en dos
que podían amarse.