martes, 2 de noviembre de 2010

JORGE MARTÍNEZ MEJÍA: Palimpsesto: Memoria sin forma del origen

Fotografía: Karen Valladares


Palimpsesto: Memoria sin forma del origen
Jorge Martínez Mejía

La libertad, como la poesía, es un valor secreto.
Ungaretti

El poder de la literatura reside en el extrañamiento de los sentidos, en la desproporción a que son sometidas las formas adquiridas por la memoria, en el desollamiento de los lugares conocidos. Pero este afán sacrílego de embriagar los ojos con las palabras no ha sido siempre, como no siempre las palabras han asumido la imagen de una criatura de laboratorio. La palabra, como forma estética, reclama su origen en un fragor musical que ha resistido al tiempo. Las primeras palabras proferidas por el hombre no tenían una intencionalidad estética, pero su procedencia divina les insuflaba un halo de perfección y su contemplación estuvo más vinculada con el rito que con el goce. Fueron imagen y límite, mirada de los dioses, un azar, un espejo de oscuridad, un camino hacia el laberinto extraño de las cosas: Herencia deífica, hondas, abismadas al vacío que se esconde más allá de los ojos. Puntal. Esa palabra-sombra, arma, poder, se diluye en el tiempo de los orígenes y retorna a nosotros revestida con un sacro estertor.

En occidente, la palabra se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una caja sin misterios, en un objeto sin complejidad, reflejo, portador de otro, del significado. Como objeto, es decir, como signo, la palabra adquiere la extraña función de recordarnos algo ya percibido, de representarlo y convertirlo en el reflejo de una imagen, esto es, en idea. Occidente ha hecho de la palabra una idea, una representación de la imagen, pero la imagen misma representada en la palabra ha perdido su carácter esencial, su esencia misteriosa. Desligada del reino de la imagen, a la cual sólo representa, la palabra pierde su poder, ya no es vínculo con lo que está más allá, semejante a todo. Desterrada de su reino mágico, extinguida la esencia de su maravilla, cae en la dimensión de la historia convertida en representación pura.

La reivindicación de la palabra, de su esencia, no puede venir del estudio de su fisonomía, ni del cálculo de la disección formal; sí de su efecto, de su forma de operar en la conciencia del hombre, porque el secreto de su maravilla reside en el contacto del hombre con la palabra, ahí se sucita el destello disímil en que la palabra se torna, no representación, sino imagen.

La palabra ya no haya sitio en occidente. Detenida y contemplada con el visturí del fisiólogo, del arqueólogo; burlada la naturaleza de su materia inicial, sitiada en el cementerio de los signos, ya no puede significarse, volverse del revés, hacerse a un lado, descristalizarse, huir.

La palabra perdió su origen misterioso en la idea de la representación, y la representación, a su vez, se fortaleció con la idea de la continuidad, de lo sucesivo. Como objeto de representación, la palabra adquiere la misma calidad de los seres y las cosas que ocupan un mismo plano espacio-temporal. Detenido "su movimiento" en que representa a una imagen, adquiere, automáticamente, la forma de un objeto que se desplaza en un orden lineal, similar al orden en que se suceden los fenómenos según la concepción occidental, en la que el pensamiento es una operación compleja que se enuncia como una operación sucesiva (Abate Vicard) .

Aunque la búsqueda de la armonía entre lo uno y lo múltiple, entre lo particular y lo general, o, lo que es lo mismo, la identidad de lo universal, adquiere matices del más puro clasicismo (Adorno), la búsqueda del vínculo entre palabra e imagen, de su facultad secreta de evocar, no de representar, va más allá de la intención típicamente clásica. La palabra no representa a la imagen, la señala, la indica. Es una marca sobre la imagen misma, es la imagen señalada. Por eso, siguiendo a Borges y a Croce, en la palabra "rosa" está la rosa.

La intención de encontrar en la palabra la "cosa designada", corresponde a una visión que se sostiene en la relación imagen-percepción, más que en la relación percepción-conocimiento. Michel Foucault señala en Las palabras y las cosas: " Al hablar del lenguaje en términos de representación y de verdad, la crítica lo juzga y lo profana. Manteniendo al lenguaje en la irrupción de su ser y preguntándole por lo que respecta a su secreto, el comentario se detiene (...) y se propone la tarea imposible, siempre renovada, de repetir el nacimiento en sí: lo sacraliza". Sin embargo, la sacralización del lenguaje, entendida como la búsqueda de su facultad evocativa, no precisamente constituye, a la manera del renacimiento, una búsqueda esotérica o mística. Y, aunque el peso de la racionalidad objetiva de occidente impone a las palabras una máscara de interpretaciones, la literatura, particulartmente la poesía, ha hecho resurgir su enigma. Mallarmé, Bretón, Reverdy, Rimbaud, Huidobro, Octavio Paz; han apretado el cuello a las palabras, las han partido en dos, o pulverizándolas, han encontrado en los diminutos fragmentos el oscuro y encerrado poder con que la imagen pervive más allá de la memoria olvidada.

El hombre, rodeado de signos, de palabras carentes ya del sentido original, ambula en el transcurso de su vida, hundido a fondo en su propia historicidad cotidiana, ajeno a la memoria que reside en las palabras. Sin embargo, al pronunciar la palabra o al encontrarla, próxima, en la pronunciación de otro, se entrelaza con el origen en la breve duración de una imagen, por ejemplo, de la palabra tierra, mujer, agua.

El retorno al origen como restrospección progresiva es, materialmente, una quimera, pues la memoria del hombre está determinada por su propio espacio y temporalidad, esto es, por su historicidad (Foucault). Sin embargo, la historicidad, los códigos de una época, son únicamente un basamento racional.

Y la subjetividad del hombre constituye una vastedad de recursos entre los que puede señalarse, sin duda, la capacidad de percibir la imagen como una irrupción en la propia racionalidad. De ahí que el deleite de una obra de arte reside no sólo en los elementos contenidos en la misma, sino, además, en la subjetividad sensibilizada del hombre. Esta capacidad hace posible que una misma obra de arte sea percibida de manera distinta por cada individuo, porque en cada individuo la obra se materializa, se complementa, en una infinita gama de posibilidades perceptivas.

La búsqueda del origen a través de la palabra es la búsqueda de lo ilimitado, la intención de ruptura del orden de representaciones establecido por el lenguaje, la aspiración esencial del ser de encontrarse con la memoria sin forma del principio, visión primigenia, engendro de armonías, cadencias sugeridas por la ausencia del grito, ritmo incesante nacido de una voz, de una música sin tiempo.

La palabra es pasaje y confín, en ella convergen memoria y olvido, las imágenes cotidianas y las que subyacen sumergidas por el peso vertical de las épocas. Cada encuentro con la palabra es un contacto en doble vía: Memoria y fantasía. La única memoria posible es la proximidad. La fantasía es extremo, disolución de la memoria e inicio de un universo de fascinación, no de signos, sí de señas, de imágenes exaltadas, inéditas, formándose y transformándose a partir de los fragmentos de la memoria.

Cada palabra es un dibujo mudo, espectante (Octavio Paz), en espera de una mirada que le asigne un sitio en el mundo de la "realidad" o en el sitio de la fantasía, en el mundo de la cotidianeidad, de la historicidad, o en el refugio de la imaginación.

El Pierre Menard, autor del Quijote, de Borges, la imagen del palimpsesto o la teoría de la recepción, son apenas el esbozo de un campo del que todavía no es posible determinar sus leyes. No obstante, nos señalan que, en el encuentro del hombre con la palabra, se produce una interrogante que aniquila a la representación y que deja al hombre frente a frente con el objeto señalado, es decir, con la imagen que subyace en su propia subjetividad.

En la lectura, en el encuentro del hombre con la palabra se produce un trastocamiento de la historicidad, la evaporación del espacio real y de la temporalidad que la determinan. La lectura, como campo de estudio, es apenas un atisbo que no se plasma todavía en la imagen del palimpsesto. El campo de la lectura, como prolongación de la obra, ha sido visualizado en abstracto, pero corresponde a la experiencia concreta, particular o individualizada, al hecho material del encuentro del lector con la obra, del hombre con la palabra.

En la interacción lector-obra, no opera el mismo proceso autor-obra, sin embargo, el objeto del encuentro con la palabra es el mismo en tanto fin. Al leer lo escrito, no escribo ni reescribo, descifro, desde mi perspectiva, el texto. En la producción del texto literario, el autor elige los elementos apropiados a su expresión; el lector opera desde una óptica parecida, pero es más interrogación. El lector descifra, busca en el texto, en los códigos, las respuestas que le plantean sus propias interrogantes. Pero, al percibir, se crea un universo a la medida de sus propias inquietudes: recrea para sí el texto, lo reinventa. El texto, como intermediario del encuentro autor-lector, se complementa en el último, se convierte en obra. Es palimpsesto únicamente como figura del contacto con el lector.

Cada texto es percepción, materialización de percepciones, retención de imágenes percibidas, salvadas, transferidas y convertidas en un universo perfecto de intermediaciones en el que los hombres realizan su aspiración de transgredir la cotidianeidad.

La comunión autor-lector se ofrece bajo la complejidad sinuosa de la cultura. En esta, la producción del texto reclama un estilo impecable, forjado en la tradición, tejido con los hilos memorables de los mejores hilanderos. Los materiales escogidos en una obra memorable pasan, indefectiblemente, por el tamiz de los más arraigados y distintivos elementos de una cultura. En occidente, el elemento más afincado en la tradición, por lo menos en los últimos tres siglos, es la intención racional de aislar hasta el exceso al objeto percibido, un sentido de la finitud consecuente con la certidumbre de la vida y, por ende, de la muerte. Este sentido, esta señal del fin provoca una tensión y una intencionalidad de ruptura por el ideal de lo infinito que subyace en el subsuelo de la propia cultura, en sujeción con la idea de lo perfecto. Es en este sustrato donde se realiza el encuentro autor-lector como una búsqueda de la libertad. Lo clásico reclama esta búsqueda, se alimenta en la tradición, en lo memorable. Autor y lector se encuentran en el mismo impulso, aferrados, como dos ciegos, al código secreto en que realizan su máxima aspiración de trascender el límite y fundirse en la plenitud de una imagen en que todos los hombres son uno, idéntico a la perfección, a la totalidad, a la armonía original del principio.

La intemporalidad de los textos memorables, más que una herencia cultural, es un atributo de la condición humana que se busca y se haya en la inmóvil aspiración a la libertad. Los lectores de todas las épocas regresan a las obras imperecederas porque en ellas resuelven esa aspiración.

En la literatura están contenidos los valores persistentes de la tradición, los que no cesan y son permanentes; cambiantes y necesarios a los tiempos. Cada individuo participa de ellos en el texto literario porque la naturaleza del hecho artístico es eminentemente cultural.

La incorporación del lector al campo de la obra literaria no responde, en sentido estricto, a una concepción de la obra como creación, sino como espacio en que se desplazan los valores, del autor al lector, en una perpectiva en que la movilidad dialéctica de la cultura le reserva la aceptación o el rechazo.

En el proceso de la recepción del texto como objeto artístico, el lector juega el incuestionable papel de complementar la obra en su lectura, y su sola experiencia restituye al texto la cualidad de indescifrable laberinto, antihermenéutico, condenado a estallar en significados disímiles, a convertirse en la memoria sin forma de la aspiración a la libertad.

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