martes, 2 de marzo de 2010

Lo nuevo en la Poesía Hondureña


Otoniel Natarén
Nos sorprendió a todos con su menú de carnes frescas, un buen tajo de poesía vale la pena saborearlo, Otto, es una de las nuevas voces en poesía hondureña más esperadas.

Al fin su libro, la piel de la ternera, y aquí dejamos una pequeña muestra de tan interesante menú. A disfrutar.






PETITE AMIE
Pobre Lelián


Yo digo que sus manos son hermosas,y que un fogoso faro brille,dándoles la grata luz del día.Fueron mimosas, felinas,bajo el beso de los árboles.Luego amamos los parques tan vacíosdonde el cuerpo se explicasin sus velos hacia aquel sueño eternoen los umbríos,con la boca de todos los consuelos.¿Habías soñado esto?,me decía, y el ebrio a quien escupen,el chiflado, en brazos de ese aliento del pasadocon los ojos vacunos juraríaque estos versos de lira luminosala alzarán inmortal desde mi fosa.


LOS DESTELLOS DE LA FE TRANSIDA

La lengua la suavizada carne de los besos,
todavía flor en la mirada pajiza de las reses;
algo de bestia o de canciónen el sueño rosáceo,
algo de sombra intermitentepor riscos y vaquerías,
atravesando,sobre patas, nerviosa;
todavía ternura asomada en los ojos desarticulados.
Y cabe la esperanza en un suspiro humedecidoy toda la tristura,
y arroja nochesdesde un abismo, sobre sus mejillas,
y resbalan mujeres secretasde algún espacio en el equinoccio;
tan omitida y tan íntima de nuestros ojos,sin alivio.
Y moribunda y puñal sanguíneo,
desde una ubre de luna,clamara como una nube,
despeñándose.“Este es el pergamino,el blanco pan,
la lámina donde trazaran el encanto,mi ruina;
mi desaforado temblor y los pétalos:ésta es la piel,
los labios de la tierra,el beso perdido, el beso anhelado.”
De su dedo en la ardiente atmósfera,
—el abrazo helado a las llamas—
el abrazo desesperado del dolor:el dolor fosforesce en las heridas amargas.
Habría recorrido la noche buscando en sus cámaras;declina su figura,
y declina su serenidad,se descalabra; habría encontrado un sonido,
una distracción; era fiel a cierto espejismo,a cierta blancura: por posarse,
fría y ruin,en la ternera, no comía, no dormía,se moría de sequía.
Y clamara, entonces:¡Tengo sed! ¡Estoy hambrienta!,
y arrastrara su inquietud por los corredores:un deseo,
un tormento pendiendo de algún hilo;y deriva un roce,
una sacudida, un desprendimiento.
Quien llamara a voces y vimos con los ojos desgastados
y la palidez: un mundo que era escaso, y no le satisfizo.

UNO QUIEN CIERRA SU BOCA


Esto es lo que sigue, no más apresuramientos;yo te serviré el café, el de los atardeceres,el de las calderas donde reposamos los caídos,porque llega la hora con la llave rutilante.Calcula y remueve el remache el gran orfebre;y espera con ansia en los atrios del cosmos;y vendrá a preguntar por nuestra divinidad harapienta.Vendrán también a olvidar su dios los trémulos,los de la niebla, a dormir su siesta desdichada,donde Ella no está, a la hora donde siempreserá tarde para la mesa.Porque crecen las deudas y el hambre,y somos groseras deudas.